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Las alas de Titika

Representar una vida

LAS ALAS DE TITIKA
08/05/2026 12:11

No soy estúpida. Entendí que nadie me quitará la tristeza y que la vida que ahora ellos viven es algo que ya no corresponde a mi tiempo. Decidí no esperar a que otros decidan por mí, tal y como lo hacía en mi juventud, y eso cambió mi perspectiva. Antes de la escritura, mis hijos me llevaban y me traían con el especialista, pero igual se olvidaban de mí; tienen su propia vida y ahora todo se repite —como yo cuando abandoné a mis padres para empezar la mía—. Ni las visitas al psicólogo me ayudaron tanto como encarnar mi propio personaje.

Me puse a escribir, a descifrar de qué se ha tratado todo esto. ¿Qué me falta por hacer?, lo que soñé de niña; porque también fui niña, también me enamoré y lloré por quien no debía. Nunca es tarde, dicen. Así que retomé lo que dejé cuando llegó el momento de atender a los hijos, cuando debí formar una familia. ¡Qué si tengo que contar!

¡Pobres viejecitos!, los oí decir, quizá yo también lo dije antes. Me quisieron llevar con otros “pobres viejecitos” a que hiciera manualidades, como si esas cosas les importaran a alguien. Objetos tan inútiles que cuando los quieres vender o los regalas, sí, te hacen el favor, pero los tiran apenas te das la vuelta. Yo haría lo mismo, para qué me quiero llenar de cosas inútiles.

O despertarme y ver qué nuevo dolor tengo. Si me pusiera en esas no acabaría, pero eso no es para mí. Por fortuna, una que no se deja al abandono, conoce gente interesante toda su vida. Así que no hace mucho, alguien me contagió su pasatiempo. Desde entonces escribo por encargo para una pequeña compañía de teatro. Me invitan a las presentaciones y estoy en primera fila.

El público se anima y yo con ellos. Escucho risas, o suspiros, según se trate, y al final aplauden. Me dan el crédito, escucho mi nombre, me vuelven a invitar, me piden la selfie... quieren charlar conmigo. “La vida hasta que se acaba” le decía a mi padre cuando él se hizo grande como yo ahora. Sí, la vida hasta que se acaba. Y como el que busca siempre encuentra, ahora pertenezco a un proyecto artístico lleno de vida. Nada que ver con la condescendencia de “pobres viejecitos” con la que muchos quieren tratarnos, principalmente en la familia, o que igual por ‘supuesta’ comodidad caemos; yo no. Ahora no sólo soy yo.

El contagio se ha extendido. Hablé con otros y me dijeron que estaban hartos de encerrar palabras en las sopas de letras. En hacer cosas sin valor sólo para matar el tiempo, matar la vida, como si fuéramos a tener otra. Ahora, ellos y yo, renunciamos a los ‘talleres de las cosas inútiles’. ¿Seguir haciendo cosas recicladas que a nadie les importan?, es como hacer metáfora de una vida sin sentido. Nada de eso. Dijimos “no a la precarización de la vejez”. Nuestra vida es real, esta vida es real y aún no se acaba.

Y tú, ¿qué te crees?, ¿qué de viejo te convertirás en la persona compasiva que nunca fuiste y que todos te adorarán por tus sabias arrugas? ¿Atención y cariño?, es sólo una posibilidad. Pero si tu vida ha sido una farsa, nada te saldrá mejor en la vejez. En cambio, ese personaje final puede ser tu papel más auténtico. Y si eso no fuera el caso —como realmente espero — estar en un escenario y ver la cara de tus personajes es de lo más liberador.

Me da por pensar que justo en la vejez es cuando mejor podemos encarnarnos. Otra última oportunidad. ¿Quién dice que hay que sentarse a ver pasar el tiempo...?, si estamos en el mejor momento de la función. Aquí y ahora en la mejor representación... ¿no se trata de eso la vida?

¡Feliz día de las madres!

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