"Rigo Lewis: el gran monstruo del Carnaval de Mazatlán"
Ariel Noriega
Si se trataba del Carnaval, Rigoberto Lewis era capaz de construir cualquier cosa, incluso su propia leyenda.
Decía que cumplía reinas, no años, que vivía entre hadas y brujas, que aún después de muerto iba a pedir permiso para regresar a dar una vuelta al Carnaval, soñaba con un desfile infinito y con el amor de un pueblo que nunca le falló.
Aseguraba que había comenzado a construir carrozas desde su primera infancia, incluso se describía como un niño jalando un carrito donde había construido su primera carroza real, decía que había nacido un domingo de Carnaval y que un Pierrot lo había custodiado cuando era bebé.
Barroco
Alguien se acerca a la Carroza Real en construcción y comenta su belleza, pero desliza una ligera crítica: “creo que es muy barroca”.Rigoberto Lewis sonreía y volteaba para otro lado, poco después estallaba, le explotaban las manos, le salían peces con colmillos y escamas brillantes, monos enloquecidos, pavorreales pensativos, anacondas gigantescas, ríos de espuma, arlequines multicolores, caballos alados, diminuta joyería de oropel destinada a seres de pesadilla que se perdían entre carrozas y carros alegóricos.
Y como en un murmullo, entre bocanadas de humo, termos de café negro, mentadas de madre, toneladas de engrudo y kilómetros de papel, Rigo dejaba en claro que eso era el Carnaval: “puro barroco”.
Rigoberto Lewis no sólo era el constructor de las carrozas del Carnaval, él se asumía como el Carnaval mismo, una tradición viva, un monstruo de modales imprevisibles y lunas para asustar a cualquiera.
Encerrado en los almacenes que guardaban sus queridas carrozas, Lewis preparaba el Desfile de Domingo de Carnaval con un celo propio de un constructor de secretos.
Su equipo de trabajo estaba salpicado de voluntarios y profesionales, carpinteros de oficio y orfebres temporales, había trabajadores a sueldo y mujeres y hombres que dejaban su quehacer sólo por ayudar a construir los sueños de un hombre que únicamente vivía para la fiesta grande de los porteños.
Carnaval en casa
Rigo vivía en un Carnaval eterno, en 1960 hizo su primera Carroza Real para Lupita Rosete Aragón y tiene sus fechas marcadas con negro en su calendario personal: el día de la muerte de su madre y dos años,1995 y 2004, cuando no fue llamado para construir las carrozas que almacenaba en su mente.

Ahí guardaba bocetos de las primeras carrozas, borradores que crearon vestidos de reinas, magia pura.
Una de sus pasiones eran los perros, casi todos recogidos en la calle o regalo de sus amigos cercanos. Tenía 14 y los trataba y alimentaba como a personas, casi todas eran perras, cada una con el nombre de alguna de las reinas de carnavales pasados.
Pero no todo era felicidad en los almacenes donde se construían los carros, cada año Rigo sufría, en ocasiones su corazón tambaleaba y terminaba en alguna sala de urgencias, escuchaba ruidos extraños y hablaba con fantasmas, pero nada lo tumbaba, de cada amenaza de infarto regresaba renovado.
El cansancio de años de trabajo se reflejaba en su cuerpo, pero no en su ánimo.
“El Domingo de Carnaval me basta para llenar mis baterías de un año. ¿Y sabes qué me gustaría que dijera la gente? Que superé mis carrozas del año anterior”.
El adiós
Rigo se murió pidiendo un espacio propio para construir las carrozas, soñando con un museo del Carnaval, donde los visitantes pudieran observar una carroza eterna que diera vueltas cada 15 minutos y paredes repletas de máscaras y vestidos de Reina, espacios para sus partituras y bocetos de carrozas que nunca se construyeron.En la calle Ángel Flores, entre Rosales y Francisco Villa, dejó un enorme terreno cerrado a cal y canto, donde todavía se pueden observar unos cimientos mastodónticos, del tamaño de su gran museo que no pasó de las primeras etapas de construcción.

Su capacidad para soñar sin límites le permitió imaginar su propia ceremonia fúnebre, le gustaba imaginar que su féretro era montado sobre una carroza y que Mazatlán entero bajaba a la Avenida del Mar a despedirlo mientras su carroza recorría la ruta de un desfile de Domingo de Carnaval.
Su funeral fue mucho más sencillo, pero él se fue pronosticando que volvería a la fiesta de Carnaval desde donde estuviera.
“Mucha gente cree que mi pasión por el Carnaval terminará cuando muera, lo que no saben es que cuando esté en el cielo voy a pedir permiso para venir a darme mis vueltas... o desde el infierno, uno nunca sabe”.

Amaba el Carnaval y odiaba a todo aquel que osara separarlo de su fiesta. El Carnaval no lo olvida y este año se realizarán varios homenajes para recordarlo, y seguramente él caminará frente a la Carroza Real, el espacio que caminó durante años, rodeado de sus propios fantasmas.