"VÉRTIGO EN LINEA: 'We are young. We are strong'"
Vista en Jerusalén 2015,Wir sind jung. Wir sind stark. (Alemania, 2014), nunca se estrenó comercialmente en México. Por fortuna, con la traducción literal en inglés de We Are Young. We Are Strong, la cinta acaba de entrar en el catálogo de Netflix así que desde la comodidad de su casa podrá revisar una de las mejores películas que vi en el 2015.
El segundo largometraje del descendiente de inmigrantes afganos viviendo en Alemania, Burhan Qurbani, se llamaría en español, por supuesto, "Somos jóvenes. Somos fuertes". Podría haberse agregado otro par de palabras: "Somos peligrosos".
La cinta, escrita por el propio joven director en colaboración con Martin Behnke, está ubicada en un lugar y día específicos: el 24 de agosto de 1992, en la ciudad este-alemana de Rostock, cuando un grupo de jóvenes pasaron de la persecución y acosamiento de inmigrantes gitanos a prenderle fuego a un edificio de departamentos en donde vivían varias familias de refugiados vietnamitas. Este fue uno de los primeros síntomas de la rampante xenofobia en la Alemania recién unificada.
A través de la fluida cámara de Yoshi Eimrat, Qurbani nos muestra el ethos de tres personajes centrales: el silencioso jovencito Stefan (Jonas Nay), que parece haber elegido la xenofobia y la violencia por más indolencia que por cualquier otra razón; la joven luchona vietnamita Lien (Trang Le Hong), que no pierde la esperanza de que su nuevo país la trate bien; y el pusilánime pero ambicioso político Martin (Devid Striesow), padre de Stefan, quien no se decide actuar con responsabilidad por más que los signos de la violencia racial están claramente frente a él.
La puesta en imágenes, en blanco y negro, de Qurbani y su cinefotógrafo Emirat es impecable: extendidos planos secuencias, todoabarcadores top-shots, una cámara que nunca deja de moverse para encontrar el encuadre perfecto y revelador. Más aún: cuando los disturbios estallan, el elegante blanco y negro se sustituye por los vívidos colores del fuego y de la furia. En esta última parte, el filme se prende en más de un sentido, visual, estética y temáticamente. Todos los personajes están en el mismo sitio, algunos como víctimas, otros como victimarios, otros como testigos y cómplices.
La cinta tiene un par de problemas: sus personajes femeninos -incluyendo la coprotagonista Lien- no están lo suficientemente desarrollados y el personaje más carismático de todos resulta ser uno que siempre está en los márgenes del relato, robándose la atención de todos (el neonazi Robbie, interpretado por un impresionante Joel Basman), lo que desbalancea peligrosamente la película.
De cualquier forma son problemas muy menores ante la ejecución de la historia, con todo y un desenlace tan contundente como desesperanzador. Queda claro que la xenofobia en Alemania -y en toda Europa, de hecho; y en nuestro vecino del norte, por desgracia- ha vuelto para quedarse. O, más bien, nunca se ha ido por completo.
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