Muchas personas quisieran después de una pérdida significativa, como el fallecimiento de una persona querida, la terminación de una relación, el cierre de una etapa de la vida, pérdida de la salud, de la seguridad, o un aborto, volver a ser como antes , honestamente este deseo es una reacción muy humana , pero a menudo el dolor más difícil aparece cuando uno descubre que ya no puede regresar exactamente a quien era.
Definitivamente una pérdida profunda cambia la forma de mirar su futuro y al mundo, a veces se pierde la inocencia, el control, o la estabilidad, y eso duele porque no solo se pierde algo externo, si no también puede cambiar la identidad, a veces afecta no solo el presente si no también el futuro de esa persona.
Con el tiempo, se llega a un gran aprendizaje, muchas personas descubren que la meta no es volver atrás, no es regresar al que siempre fui, sino reconstruirse sin traicionarse, a pesar de la pérdida. No olvidar, no fingir que nada pasó nada, sino integrar la experiencia sin que se destruya toda la vida emocional.
Una pérdida significativa muchas veces divide la vida en dos partes: antes y después, y una de las cosas más difíciles es que el mundo sigue avanzando queramos o no, aunque por dentro uno sienta que algo se detuvo. La mente a veces nos traiciona y suele hacer preguntas que no tienen respuestas claras, como por ejemplo “¿y si hubiera hecho algo diferente?”, “¿Por qué paso?”, “¿Cuándo voy a sentirme normal otra vez?, ¿Por qué a mí?”. Y tratar de responder en una forma obsesiva puede mantener la herida abierta por mucho tiempo.
Algo muy duro en el duelo es que la gente que nos conoce, muchas veces espera que uno “supere” rápido lo ocurrido, pero ciertas pérdidas no se superan completamente, y más bien se aprende a vivir alrededor de ellas, con el tiempo el dolor puede dejar de sentirse como una herida abierta y convertirse en una cicatriz: sigue ahí pero ya no sangra cada día y cada persona va procesando a su ritmo la pérdida.
Cuando una persona atraviesa por alguna pérdida profunda, empieza a mirar la vida de otra manera, cambian las prioridades, muchas veces ya no le importa impresionar a otros, la actividad social ya no es importante, los viajes y las fiestas, las compran se hacen a un lado y comienza a importar más la tranquilidad, la intensidad o los vínculos reales, y sobre todo la salud física y emocional.
Hay señales de recuperación que a veces pasan desapercibidas, como volver a reír sin culpa, sentir interés por algo otra vez, dormir un poco mejor, dejar de pensar todo el día en la perdida, poder recordar sin derrumbarse completamente, o sentir momentos de paz, el querer retomar a los amigos, salir al cine, dar un paseo, aunque el dolor siga existiendo.
Sanar no es borrar, es aprender a vivir sin que la herida ocupe todo el espacio interior. Y si, al principio parece imposible imaginar una vida tranquila otra vez, pero el ser humano tiene una capacidad enorme para adaptarse y encontrar significado incluso después de experiencias duras, a veces la persona que emerge después de la pérdida no es “la de antes” pero puede llegar a ser alguien mas consciente, mas sensible y más auténtico.
Muchas personas después de una etapa muy oscura descubren cosas inesperadas, más empatía, más fortaleza emocional, relaciones más sinceras, capacidad de valorar momentos simples, o una compresión más profunda de sí mismas. El dolor no vuelve mejor automáticamente a nadie, pero si puede trasformar a una persona si logra atravesarlo sin endurecer completamente el corazón.