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"Sufrir en solitario"

"El confinamiento solitario hace que los prisioneros se comporten mal y perjudica su cerebro"
25/04/2017 00:52

Ramin Skibba

@raminskibba

 

Viven en pequeñas y austeras jaulas no mucho más grandes que su cuerpo, aisladas de sus semejantes. Estas pobres ratas de laboratorio alguna vez sirvieron simplemente como grupo de control para investigadores, quienes las compararon con los roedores que habitan en entornos mucho más cómodos. Pero entonces, los científicos se dieron cuenta de que estas desventuradas ratas podrían ser el modelo perfecto para un experimento mayor y más desagradable, dado que sus condiciones de vida se asemejan a las de los prisioneros humanos en confinamiento solitario.

En unos cuantos días, las ratas aisladas en pequeñas jaulas mostraron síntomas relacionados con el estrés, conducta agresiva y mayores incidencias de enfermedades, además de que comenzaron a perder su capacidad de reconocer a otros animales. Incluso sus neuronas, sinapsis, flujo sanguíneo y sistema nervioso comenzaron a dañarse. Los científicos piensan que esto también les ocurre a los humanos que se encuentran aislados.

“Nuestro cerebro no puede funcionar sin interacciones sociales. Las necesitamos tanto como el aire y el agua”, señala Michael Zigmond, neurólogo de la Universidad de Pittsburgh.

Él y otros científicos han llamado la atención en años recientes hacia los efectos del confinamiento solitario en el cerebro, la mente y la conducta de las personas.

El año pasado, él y sus colegas estudiaron la forma en que los ratones y las ratas respondían ante entornos aislados y enriquecidos. En el segundo caso, agruparon a 14 ratones o seis ratas en una jaula con juguetes, laberintos, túneles y lugares para trepar para simular cómo sería una sociedad natural de roedores. Descubrieron que los roedores aislados solían tener cerebros con neuronas más pequeñas, con menos ramas en regiones como el hipocampo y la corteza cerebral, que se relacionan con el aprendizaje, la memoria, la percepción y las funciones ejecutivas del cerebro. La amígdala, que influye en los sentimientos de miedo y pánico, fue una excepción, al mostrar una mayor actividad.

Las ratas y los ratones comparten cerca de 99 genes con los seres humanos, por lo que Zigmond piensa que su investigación es relevante para los prisioneros humanos. En un estudio publicado en marzo, otro grupo de investigadores habló con prisioneros recientemente liberados y encontró que los que habían pasado algún tiempo en confinamiento solitario tenían más de dos y media veces más probabilidades de presentar síntomas del trastorno de estrés postraumático. Entre ellos se encuentra el aturdimiento o desapego, pesadillas y explosiones de ira. Este investigador también observó una correlación entre el tiempo pasado en confinamiento solitario y los intentos de suicidio.

“Si el contacto con el confinamiento solitario provoca trastorno de estrés postraumático, entonces podría ser perjudicial y peligroso, y ser algo que deberíamos pensar dos veces”, dice el Dr. Aaron Fox, autor principal del estudio. “Si se coloca en confinamiento solitario a personas con trastorno de estrés postraumático, eso también constituye un problema”.

Añade que, si tenemos estas dudas sobre el confinamiento solitario, deberíamos demostrar que es seguro antes de utilizarlo como castigo.

Casi uno de cada nueve prisioneros en Estados Unidos, por ejemplo, es puesto en confinamiento solitario, esto de acuerdo con la Oficina de Estadísticas de Justicia, y la mayoría de ellos son aislados durante al menos un mes continuo. Estos prisioneros suelen pasar 23 horas al día en una austera caja de concreto del tamaño de un espacio de estacionamiento, y generalmente tienen acceso únicamente a una cama, un lavabo y un retrete.

Los seres humanos son animales sociales, pero en esas condiciones carecen de interacciones significativas mientras se les mantiene en un estado de privación sensorial, con una cantidad limitada de luz solar y ejercicio. Los prisioneros en confinamiento solitario pocas veces interactúan con el personal y se les alimenta a través de una trampilla en la puerta.

Algunos expertos legales, como Jules Lobel, catedrático de derecho constitucional de la Universidad de Pittsburgh, califican el confinamiento solitario como “un castigo cruel e inusual”, prohibido por la constitución estadounidense, y como tortura, la cual está prohibida por las leyes internacionales. Sin embargo, el tratamiento de los prisioneros está menos regulado por las leyes federales que el de los animales de laboratorio: la Ley de Bienestar de los Animales exige que los animales sociales sean alojados en grupos. Esto no se aplica a los seres humanos.

“Te lo digo por experiencia: si has pasado tiempo en confinamiento solitario has sido dañado”, dijo Robert King, activista en favor de la reforma en las prisiones, en una conferencia sobre leyes y neurociencia realizada en febrero pasado en San Francisco. King pasó 32 años tras las rejas, incluyendo 29 en solitario, antes de que su condena por robo a mano armada, por la que mantuvo su inocencia, fuera derogada, con lo que alcanzó su libertad.

Aunque King sobrevivió ese extraordinario lapso de aislamiento, muchos prisioneros no lo enfrentan tan bien. Algunos de ellos experimentan “pánico de aislamiento”, dice Craig Haney, psicólogo de la Universidad de California en Santa Cruz, y uno de los principales expertos sobre los efectos del aislamiento social.

“Cuanto más tiempo permanezcan encerrados, y especialmente si no están seguros de que van a salir, comienzan a acumularse una serie de reacciones psicológicas negativas”.

En entrevistas realizadas con personas que han estado en confinamiento solitario, Haney descubrió que los prisioneros comienzan a experimentar ataques de ansiedad, una sensación de desesperanza y depresión clínica, lo que puede significar que se hagan daño a ellos mismos o incluso que intenten suicidarse. También se sienten tristes y letárgicos. Algunos experimentan formas de deterioro cognitivo como incapacidad para recordar adecuadamente, para aprender cosas nuevas o para concentrarse, e incluso pueden comenzar a perder el contacto con la realidad. Los prisioneros aislados tienen el doble de síntomas relacionados con el estrés y los experimentan con una intensidad más de dos veces mayor en comparación con la población general de prisioneros de máxima seguridad, señala Haney.

Con base en entrevistas con personas internadas durante diez años o más en la prisión de máxima seguridad de Pelican Bay, en California, descubrió que tenían niveles patológicos de soledad.

Los funcionarios legales parecen estar haciendo caso a esta investigación. El 22 de febrero, un juez de distrito de Estados Unidos ordenó a la cárcel del Centro de Justicia de Syracuse, Nueva York, que deje de poner a los presos adolescentes en confinamiento solitario para evitar “perjudicar directamente la condición psicológica del joven”.

Varias autoridades locales y estatales han restringido el uso de este encierro para jóvenes después de que, el año pasado, el gobierno de Obama dictara nuevas reglas en las que se exigía que las prisiones federales hicieran lo mismo.

Los defensores se han centrado en los jóvenes, pero los expertos señalan que el confinamiento solitario es perjudicial para todos. La restricción severa de la movilidad de un adulto mayor es un factor de riesgo bien conocido de una disminución precipitada en la salud, dice Brie Williams, directora del Proyecto de Justicia Penal y Salud de la Universidad de California en San Francisco. También señala que este encierro hace que las personas con una enfermedad mental empeoren, mientras que aquellas que no padecen esos problemas pueden desarrollarlos si se les obliga a vivir solas.

Hasta ahora, los debates han asumido un enfoque poco sistemático, centrándose en los jóvenes, los adultos mayores y los enfermos. Sin embargo, Williams afirma que, “si esto no es sano para una sola persona, entonces es difícil imaginar que no resulte profundamente insalubre para otros”.

 

 

 

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek

 

 

 

“Nuestro cerebro no puede funcionar sin interacciones sociales. Las necesitamos tanto como el aire y el agua”.

Michael Zigmond

Neurólogo de la Universidad de Pittsburgh

 

 

“Cuanto más tiempo permanezcan encerrados, y especialmente si no están seguros de que van a salir, comienzan a acumularse una serie de reacciones psicológicas negativas”.

Craig Haney

Psicólogo de la Universidad de California en Santa Cruz y uno de los principales expertos sobre los efectos del aislamiento social