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"Columna"

"Roberto Pérez Rubio, el artista y su ciudad"

"Roberto Pérez Rubio llegó a Mazatlán para quedarse a principios de los años 70"
17/03/2019 16:14

A un año y días de su partida

Roberto Pérez Rubio llegó a Mazatlán para quedarse a principios de los años setenta y venía al encuentro de lo que los clásicos latinos denominaron el genius loci, el espíritu local del puerto. Había decidido abandonar la deslumbrante bahía de San Francisco con su vida libertaria y no volver a instalarse en Culiacán, donde había vivido años de su primera juventud y donde gozó de fiestas y juergas con la que llamaba burguesía culichi.

Aquellos años de aprendizaje y flirteos en el Casino Culiacán ocurrirían con su infatigable cómplice de correrías, Carlos “El Guasa” de la Vega, con quien se encontraría más tarde en el puerto y seguramente hoy, allá a lo lejos, en el infinito sideral, rememoran su paso por la tierra.

Su vena artística y cierto ecologismo temprano seguramente fue lo que lo trajo al puerto, pero seguía las novedades de las artes plásticas y visuales a través de las revistas vanguardistas Art in América o Art News, con las que confirmaba la legitimidad de una búsqueda silenciosa.

Volver a Sinaloa tenía un sentido onírico y estético. Recorrer la región tenía como objetivo localizar vestigios prehispánicos y con ese objetivo fue a Chametla -y, quizá hasta las grutas de San Francisco de la Sierra, en la península bajacaliforniana, para apreciar una pintura rupestre milenaria y que en sus charlas rememoraba- y en las que veía una fuente de conocimiento que le habría de servir a su obra de más de seis décadas.

Roberto se proponía hacer una pintura singular, sin caer en el regionalismo de la bisutería artística, contra la que lanzaba sus filípicas ardientes. Quería que su pintura fuera el resultado de una investigación acuciosa, singular, por eso quizá su opción no fue la pintura figurativa, sino la abstracta o mejor se propuso desaparecer la figura para reducirla a su esencia básica, siguiendo la máxima bíblica: ¡Polvo eres y en polvo te convertirás!

Aquellos pigmentos que diluye en sombras y texturas en los colores intensos que caracterizan sus obras. Roberto fue un artista de mucha luz y color. Acaso, ¿podría ser distinto en un personaje que había dado su primer respiro en el Valle del Fuerte y crecido entre los cultivos de tomates y berenjenas culichis y en su madurez se arropó con el color azul intenso del mar de Mazatlán?

Imposible

Entonces, esa conjugación perfecta entre investigación, ecologismo, emociones y talento es lo que marcó su relación con la ciudad de su madurez. La de sus creaciones y enojos, pero sobre todo su búsqueda permanente de una belleza surgida de los vestigios del pasado. Roberto era racional, pero también profundamente emocional. No era nada fácil el trato con él. Su relación con el mundo era dialéctica, en constante confrontación con el otro. No fácilmente hacia clic con la gente ordinaria y así con esa vitalidad anduvo por sus calles, bares, comederos. Todo lo cuestionaba sin pudor alguno y si era necesario lo llevaba al límite de la trasgresión. No obstante, la gente, con sus excepciones, que vaya las hubo, buscaba encontrarle el ángulo virtuoso y disfrutar de sus disertaciones sobre filosofía, arte, vida.

Durante un buen tiempo visitó la Fonda Santa Clara -hoy la de Chalío- donde compartía mesa con los “pequeños burgueses” del puerto, como identificaba a los asiduos de este bebedero de los años setenta- fueron memorables sus bohemias y no menos sus grafitis contestatarios escritos a puño sobre el muro de ese baño de cientos de historias.

Gracias a su pasión y talento consiguió contratos para hacer arquitectura del paisaje en algunos de los nuevos hoteles y plazas públicas, lo que le significó otra investigación sobre la flora regional. Le gustaban los productos armonizados en estas tierras salvajes, la amapa y el laurel de la India o la bugambilia, siempre que alguien le pedía una recomendación para un jardín, no perdía el tiempo en extrañezas, sino buscaba lo que sigue estando en nuestras calles o en los ranchos y pueblos sinaloenses.

Ahí, abrevaba su mirada y hasta montó dos pequeños viveros. Uno de ellos, donde hoy está el restaurante Pedro y Lola, otro de sus lugares entrañables para sus cuitas y aquelarres. No vendía mucho, pero le permitía estar en el punto exacto de su creación artística, entre la casa donde siempre vivió y Arte Activo, la primera galería vanguardista sinaloense que recibía con su máxima facta non verba, hacer no decir. Punto de encuentro de los artistas que buscaban posicionar el arte en un lugar y momento inhóspito para la cultura y fue semilla de lo que empezaría a llegar a mediados de los ochenta.

No siempre terminó bien sus contratos de trabajo y frecuentemente se decía robado por aquellos a los que acusaba de no pagarle por sus obras, que pretendía ir más allá del simple ornato. Al margen de ello quedó su impronta, su energía y su gusto por los colores y las texturas regionales. No obstante, siguió en la brega de generar espacios. Así, en los noventa le invitaron a presentar el proyecto de Café Pacífico, el primer bar moderno que hubo alrededor de La Plaza Machado y lo hizo a lo grande con una barra fabulosa y digna de los mejores bebederos del mundo. Ahí, por las tardes, libaba con sus amigos en medio de sus célebres disquisiciones entre tarros espumosos.

Ya en los primeros años de este siglo, se le veía por las tardes con Pepe Franco en La Tertulia, un bar creado por una tribu de forcados que tuvieron éxito en tanto no llegaron los negocios sin chispa que atiborran hoy la Plaza Machado. Esos negocios que le quitaron parte del encanto viejo a la zona, y peor, el sueño al Pito Pérez, quien entonces decidió recluirse y dedicarse a su obra, negándole el paso a quienes consideraba personas non gratas, “gente que nomás viene a quitarme el tiempo y a fumarse mi mota”, solía decir.

En esos años de soledad franciscana realizó una obra mayor en gran formato y la agregó a una exhibición de retrospectiva, sin precedente a Culiacán, donde como un acto de despedida en la ciudad que lo acogió en su juventud, volvía con una selección muy cuidada y en el centro de un gran salón montó un pasto verde con protuberancias rítmicas que coexistía con la fragancia de pequeños volúmenes de canela, menta, orégano, romero, como un humilde homenaje a la naturaleza.

Cerraba así un ciclo de su vida y terminaría en Mazatlán con la compañía de sus amigos, escuchando conciertos interminables de música culta y los grandes del jazz contemporáneo, pero, insólitamente a pesar de sus males que lo mermaron físicamente, siempre estaba dispuesto a hablar de nuevos proyectos, lo que demostraba su vitalidad y nos recordaba que entre los suyos no estaba el de la muerte.

Y, hoy a un año, sus hijas y los amigos lo recordamos a él y a su arte.