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"VERACRUZ"

"La brigada civil halla ropa ensangrentada de jóvenes y niños, olor a muerte, cartuchos"

"Bastaron unos metros de caminata para encontrar la primera señal de tragedia en el lugar: una cruz de madera, enterrada sobre el camino de arena amarilla"
12/04/2016 21:53

AMATLÁN DE LOS REYES, Ver. (Sinembargo.MX)._ El primer día de búsqueda de desaparecidos en Veracruz estaba por terminar. Fue cuando un chiflido se oyó más allá de los sembradíos de caña, a las orillas del Río Atoyac.
Ahí, el grupo de rastreadores de la Primera Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas cercó un radio de 20 metros donde encontró un cartucho quemado calibre 20 para escopeta. Al lado, había un aparato sexual.
Ellos le aseguraron que sería un día tranquilo, que apenas reconocerían terrenos. Sin embargo, las tierras veracruzanas parecían no soportar las ganas de vomitar sus muertos, pues ya esperaba a la gente con lúgubres señales.
Bastaron 10 metros de caminata para que los buscadores descubrieran algo parecido a un bazar de la muerte: kilos de ropa marcados con sangre, en su mayoría tallas juveniles, que yacían sobre terrenos rojizos, junto a una cruz de madera en memoria de un ejecutado, explicaban los guías, voluntarios del pueblo amatleco.
Ante el recibimiento altanero de los campos jarochos, el líder buscador de Iguala, Guerrero, dictó indicaciones, develando a la vez el significado de su colectivo, Los Sabuesos: “Comiencen a picar la tierra con sus varillas, cuando encuentren suelo removido húndanlas hasta donde se pueda, luego olfateen la punta de metal, si huele a carne podrida, entonces comenzamos a escarbar”.

PUNTO DE BÚSQUEDA
Ante la falta de resguardo de la Policía Federal, Juan Carlos Sánchez, director del programa de Atención a Víctimas del Delito, anotaba en su libreta el peligro para las 50 personas buscadoras. Pero, a la vez, los representantes de la CNDH avanzaban metros y atestiguaban relatos y evidencias que insultan la razón de ser de su comisión: Los derechos humanos.
Se encontraban en el predio de La Pochota, llamado así porque en las ramas frondosas de sus árboles, de al menos 20 metros de alto, “colgaban a la gente que se portaba mal, a los malandros, desde hace 25 años” comparten los guías del sitio, voluntarios anónimos.
Fue entonces que Hortensia Rivas Rodríguez, presidenta de la “Asociación familias unidas en la búsqueda y localización de personas desaparecidas”, sacó de entre sus bolsas manojos de ajos, que machacados y untados a la altura de los tobillos sirven de repelente para las picaduras de víbora, ante la falta de botas protectoras y materiales especiales de búsqueda.
“Nosotros comenzamos a buscar con una pala y un pico. Con más valor que profesionalismo hemos rescatado a más de 140 personas enterradas en Iguala, Guerrero. Nuestros muertos están esperando a que cavemos hoyos como animales y los encontremos y los entreguemos a sus seres queridos”, comentaba Mario Vergara, líder de Los otros desaparecidos.
Y así la caminata inició, bastaron siete metros para encontrar la primera señal de tragedia en el lugar: una cruz de madera, enterrada sobre el camino de arena amarilla, a pie de los surcos de caña de azúcar, ahí ejecutaron hace poco a un sujeto, en el mimos sitio sus familiares marcaron el final, para llevarle flores y recoger su espíritu, comparten los lugareños.
El contingente avanzó otros 30 metros y halló ropa por montones; prendas de colores pasteles y otros encendidos; las tallas eran en su mayoría juveniles; unas encogidas por el fuego que posiblemente ardió y otras rasgadas por el tiempo o quizá por el deseo sexual de los agresores. Destacaba una camisa blanca, de una niña de 10 años tal vez, estampada de sangre color marrón y fresca, aseguraron los buscadores, quienes marcaban las coordenadas del lugar para olfatearlo con detenimiento al día siguiente.
“A mucha gente la desnudan antes de matarla y enterrarla, en terrenos como estos pasan cosas feas. Vamos a mentalizarnos, compañeros. No tengan miedo”, explicaba Julio Sánchez Pasilla, de Grupo Vida, de Coahuila-Los Cascabeles.

Piden paciencia
“No desesperen, compañeros. Las búsquedas así son, a veces son kilómetros sin encontrar nada, otras incluso te tropiezas con los huesos de los nuestros”, fueron las palabras de Mario Vergara. Entonces resonó un chiflido a unos cien metros del lugar donde se daba la plática.
“Encontraron indicios, ya están cercando el área”, dijo apuntando a la zona peinada por los buscadores. Al sitio lo rodean los escasos árboles sembrados en el área, se aprecian rastros de fogatas y marcas de llantas de camionetas de gruesa rodada.
Más adelante, pegado al Río Atoyac, en un pequeño barranco, se encuentran resguardadas dos evidencias: un cartucho quemado calibre 20 para escopeta, marca Águila, al lado de un aparato sexual, en forma de calzón de cuero con una argolla de acero que ensancha la cabeza del pene. La imaginación de las madres causa llantos quedos. El arte del erotismo y de asesinar, juntos, presagiaron un cementerio clandestino.
Fue lo último en el día, para entonces eran las 19 horas, había indicios y sobraba el deseo de las madres por encontrar a los suyos. Regresarán ahora con más herramientas, con más horas para buscar debajo de la tierra, de los pozos, dispuestos a nadar entre aguas con aroma a muerto si es necesario.
El Padre Julián Verónica, en su bendición al grupo, deseó éxito en la búsqueda, lo que equivale a encontrar muertos putrefactos, restos óseos o fosas clandestinas, tal es el resultado que las madres buscan; la muerte en sus peores finales, paradójicamente, aquello les devolvería un alivio.
“Las torturas en nuestras cabezas terminarían, honraríamos a nuestros hijos por siempre”, dicen.