‘Si tuviéramos papeles nos quedaríamos’: sale de Tapachula la cuarta caravana migrante del año
Bajo el nombre “Sueños sin Fronteras”, cerca de 350 personas migrantes decidieron romper el silencio y el limbo burocrático que las mantenía atrapadas en Tapachula, Chiapas; son un mosaico de fatiga y resistencia, compuesto por mujeres, hombres, adultos mayores, niñas, niños e incluso bebés.
La cita fue al caer la tarde, cuando el calor que llega hasta los 34°C en la región comienza a dar tregua. Con mochilas desgastadas, cobijas atadas al pecho y cantimploras vacías, el contingente comenzó a agruparse con el objetivo inmediato de llegar a descansar al municipio chiapaneco de Huehuetán, la primera gran prueba de resistencia antes de adentrarse de lleno en los retenes, las pendientes y la incertidumbre de la ruta hacia el centro del país.
“Hemos decidido la travesía hacia Estados Unidos porque lastimosamente la situación económica para nosotros los migrantes en Tapachula es muy difícil, el trabajo está muy devaluado. No tenemos papeles; si los tuviéramos muchos nos quedaríamos establecidos acá”, explicó Aarón Mauricio, un joven de origen hondureño.
Esta es la cuarta caravana migrante que sale de Tapachula en lo que va de 2026, ante la desesperación de las personas migrantes y solicitantes de refugio que buscan llegar al centro de México o intentar cruzar a los Estados Unidos.
La promesa de ‘una vida mejor’
Salir de Tapachula en grupo se ha convertido en un ritual cíclico de desesperación para los migrantes, después de meses de espera por citas institucionales, negativas de regularización y la imposibilidad de conseguir empleos formales.
Para Santiago, de origen cubano, esta es su primera caravana. Tiene la expectativa de llegar a Monterrey, Nuevo León. “Ya estuve ahí, es una ciudad muy bonita y me gusta; hay trabajo, hay posibilidades para tener una vida mejor”, afirma.
En su mochila, lleva una muda de ropa, agua y maní. Lo demás, “lo conseguimos en el camino”, aunque no sabe cuántos días le tomará llegar hasta el norte de México, de donde fue deportado por intentar cruzar hacia los Estados Unidos. “No me salieron las cosas”, recuerda.
Otros, como R., ya conocen la ruta por caravanas anteriores en las que han participado. Estima que el recorrido hasta su destino durará más de veinte días. A pesar de las dificultades del camino, asegura que en su natal Guatemala “no hay trabajo, no hay nada”.
Al igual que Santiago, el objetivo de R. es tratar de llegar a Monterrey, ciudad en la que se estableció temporalmente en 2021, en su primera caravana. Debido a cuestiones personales volvió temporalmente a su país de origen. “El trabajo está jodido, por eso ahora que escuché que se estaba convocando, vine de nuevo”, justifica.
Entre la solidaridad ciudadana y la intimidación institucional
A lo largo del trayecto hacia Álvaro Obregón, el paisaje se divide entre la solidaridad de algunos lugareños que acuden al paso de la caravana para regalar agua a los migrantes, y la presencia de las fuerzas federales de seguridad que vigilan cada paso desde los arcenes de la carretera.
Para las familias que integran “Sueños sin Fronteras”, cada kilómetro avanzado es una apuesta contra el tiempo y el clima. Con la caída de la noche sobre la ruta costera, el contingente camina iluminado apenas por las luces intermitentes de los vehículos que transitan la vía y la tenue luz de los teléfonos celulares.
Entre quienes van andando —no solo con el cansancio a cuestas, sino también con el peso de sostener una familia— está Marianela. Llegó hace dos días a Tapachula para alcanzar a su esposo e hijos. Quieren caminar juntos con la esperanza de llegar a Estados Unidos... o al menos hasta la Ciudad de México.
“Para una vida mejor”, se escucha como un mantra colectivo entre las distintas personas y nacionalidades que esperan que un desplazamiento multitudinario resulte menos peligroso. Como subrayó David, joven originario de Honduras: “vamos con toda la actitud, siempre para adelante, con Dios guiando mis pasos, mi camino y mi pensamiento”.
La sombra de la noche y el primer refugio
Con el transcurso de las horas, la carretera costera se convierte en un angosto túnel de sombras. Los rostros de quienes caminan sobre el asfalto caliente, con el peso de las mochilas sobre sus espaldas, apenas se distinguen bajo el haz de luz de los teléfonos celulares. Los pasos, que al inicio de la tarde eran firmes y sincronizados, llevan ahora el ritmo del cansancio. Las niñas y los niños duermen sobre el pecho de sus madres o avanzan llevados de la mano, arrastrando los pies, ya sin preguntar cuánto falta.
A lo lejos, las luces tenues del municipio de Álvaro Obregón anuncian el fin de esta primera caminata. No hay hoteles ni albergues institucionales esperándolos; el refugio será improvisado en las inmediaciones del parque central, bajo el techo protector de algún templo o sobre cartones tendidos directamente en el pavimento.
Este viernes, al caer la tarde y el calor sofocante, el contingente volverá a agruparse para seguir caminando. Saben que más adelante aguardan los retenes migratorios, las negociaciones tensas con las autoridades y el cansancio acumulado de los días por venir.