Diferencia entre informar y alimentar el caos emocional permanente
Un texto del mazatleco Isaac Aranguré, publicado en el mes de mayo en la sección de Opinión de Noroeste, nos dejó desde ese momento la frase reflexiva con la que titulamos este artículo: “Diferencia entre informar y alimentar el caos emocional permanente”.
En la columna titulada «Más allá de la percepción», Isaac nos hablaba sobre cómo Sinaloa debe, no sólo tener la importante discusión de cómo recuperar la percepción de seguridad, sino cómo reconstruir el sentido colectivo.
“Mejorar la percepción sin transformar el fondo sería apenas maquillaje narrativo, y toda narrativa artificial termina colapsando frente a la realidad”, señalaba.
Urgía a cumplir con esa tarea mucho más profunda de “aprovechar esta fractura para replantearnos el rumbo de nuestras ciudades, nuestros incentivos y nuestra cultura pública. Preguntarnos qué estamos construyendo, qué estamos normalizando y qué tipo de identidad queremos heredar”.
Ahí hacía alusión a los roles obligados que tenemos los diferentes sectores de la sociedad, y se refirió a que los medios de comunicación debemos tomar como tarea urgente el entender “la diferencia entre informar y alimentar el caos emocional permanente”.
Ciertamente, lo primero que debemos admitir es que una delgadísima línea roja separa un aspecto del otro.
La era actual nos satura en lo mediático por la vía digital, para bien y para mal. Las redes sociales y el ritmo vertiginoso de la información no solo han cambiado cómo se consumen las noticias, sino también lo que provocan en las personas.
En medio de esto está la responsabilidad que tenemos los medios de comunicación de no contribuir a la difusión indiscriminada de datos, hechos o imágenes que puedan exaltar el ya de por sí complejo escenario de violencia que ha golpeado a nuestro estado, especialmente en los últimos dos años.
No es nada sencillo ir al ritmo de los hechos de violencia e informar sobre ellos, cuidando siempre de no caer en el sensacionalismo.
En una época donde el ambiente digital satura redes, canales y audiencias, la frontera entre ejercer un periodismo responsable y convertirse en un alimentador del caos emocional permanente se ha vuelto muy fácil de cruzar.
Para recuperar lo que los expertos llaman “la cordura colectiva”, es imperativo analizar la diferencia fundamental entre ambos enfoques.
Informar es proporcionar contexto. El verdadero periodismo busca dotar al ciudadano de herramientas racionales para comprender su entorno. Su objetivo es encender la luz del entendimiento: explicar las causas, las consecuencias y las lógicas detrás de un suceso.
No debe ser nuestro objetivo “secuestrar” la atención del lector con el único fin de buscar la monetización o el clic fácil.
Cuando la información se despoja de su valor analítico y se busca sólo la reacción visceral e inmediata de la audiencia, apelando al miedo, la ira, la indignación o el simple morbo, es cuando perdemos de vista lo esencial, lo ético y lo realmente valioso de nuestra profesión.
El enfoque debe estar siempre en dimensionar los hechos para definir cómo presentarlos: valorar dato por dato e imagen por imagen, verificando todo en cuestión de minutos para procesar el acontecimiento en su justa perspectiva, de modo que sea útil al ciudadano y no caiga en la espectacularización de la violencia.
Nuestras publicaciones deben centrarse en prevenir y advertir sobre riesgos reales para que las personas puedan tomar decisiones informadas y calcular peligros, sin contribuir a la paranoia o al agotamiento mental.
Desde hace años, en Noroeste hemos tomado decisiones institucionales que nos guían para contribuir de manera inteligente, centrada y enfocada en la comunidad, con un profundo respeto a nuestras audiencias, convencidos de que ni la censura ni el alarmismo aportan positivamente a la sociedad.
Como medio responsable y ético, hemos aprendido a poner límites en nuestras publicaciones, tanto digitales como impresas, sin que esto signifique ocultar hechos; implica, más bien, limitar la exposición exagerada a detalles que no enriquecen el entendimiento del problema y solo se prestan para una sobreexposición al horror.
En la presentación de su Informe de la Profesión Periodística, Juan Caño, entonces presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, sostuvo: “El periodismo siempre será necesario, porque todos necesitamos que nos interpreten la realidad. El algoritmo, como la prensa amarilla, da al lector lo que su historial dice que quiere, encerrándole en el calabozo de sus propias ideas y ocultándole el resto de los puntos de vista. El periodismo, en cambio, debe abrir los ojos del lector a la realidad; aunque, con frecuencia, no sea de su agrado”.
En estos tiempos que enfrentamos en Sinaloa, no es sencillo encontrar el punto exacto entre el periodismo responsable y las dinámicas aceleradas a las que nos empujan los hechos de alto impacto que se presentan uno tras otro diariamente.
Sin embargo, buscamos hacerlo analizando cada uno de los acontecimientos, poniéndolos en perspectiva y preguntándonos cada día: ¿estoy informando para prevenir y construir, o estoy alimentando el caos emocional permanente? La respuesta debe ser, siempre, la primera.