El puerto vuelve a colocarse en el foco de la violencia tras los hechos de alto impacto que lo han sacudido en la última semana. El paraíso turístico sinaloense se percibe ahora como el último bastión de una facción del crimen organizado y todo indica que está en disputa.
Esta reciente ola de hechos violentos debe encender alertas rojas. Es sabido que el puerto es especialmente frágil ante la criminalidad, por el severo golpe que esta representa para la columna vertebral de la economía local: el turismo.
El turismo no habita en el vacío; exige certidumbre, tranquilidad y una narrativa de refugio. Cuando los ataques armados son recurrentes y la movilización de las corporaciones policiacas y militares forma parte del paisaje cotidiano en calles y avenidas, la imagen de confianza se desvanece por completo.
Mazatlán se había mantenido relativamente al margen durante estos dos años de crisis de seguridad en Sinaloa. Hoy la realidad es otra, lo cual resulta profundamente preocupante para el sector hotelero, restaurantero, de transporte, los prestadores de servicios y, en general, para toda la sociedad.
El puerto no puede permitirse que la violencia se normalice ni que devore el sustento de su gente. Urge una respuesta firme que combine seguridad efectiva, protección al sector productivo y garantías reales para residentes y visitantes.
La llegada de refuerzos militares representa medidas de contención, pero ¿existe una estrategia integral de prevención y reconstrucción de la paz a largo plazo?
Reconstruir la confianza en un destino turístico toma años de inversión y promoción; destruirla, en cambio, sólo requiere de un par de jornadas de tensión.