Acostumbrado al conflicto y sumergido en una carrera sin límites claros, Donald Trump ha entrado en colisión con un adversario formidable: El Papa León XIV.
La estrategia de Trump siempre es la misma: en cuanto detecta una persona, institución o país que obstaculiza sus pretensiones, cualquiera que estas sean, desata una guerra que intenta derribar a su adversario o dejarlo noqueado.
Lo ha hecho como empresario, como abusador de mujeres o como Presidente, siempre en medio de juicios, acusaciones de todo tipo, periodicazos e investigaciones de donde siempre sale huyendo hacia adelante.
En el mejor de los casos, cuando se da cuenta que su adversario no cae ni va a conseguir lo que buscaba, termina cambiando el discurso y convirtiendo a su antes enemigo en la mejor de las personas, pero siempre intentando conseguir lo que quiere.
En un mundo donde la mayoría intenta evitar el conflicto, donde todos tememos juicios millonarios, escándalos públicos o señalamientos en contra de nuestra imagen, los golpes demoledores de Trump siempre tienen ventaja.
Su capacidad para sobrevivir en el pantano está basada en una estrategia simple: embarrar a su contrario mientras él se sacude el lodo, hasta que se topó con uno de los guardianes de la moral, la única barrera que puede detenerlo.
La mayoría de los analistas aseguran que pelearse con un Papa es igual que arremeter contra un muro. ¿Quién puede desacreditar al representante del bien? ¿Qué estrategia puede funcionar contra el líder de mil 400 millones de personas en el mundo?
Incluso, dentro de sus propios seguidores, Trump tiene a muchos católicos que podrían alejarle su apoyo. El Presidente de la nación más poderosa del mundo puede bombardear casi cualquier país, pero no puede balear la fe, ni destruir a un líder cuya solvencia moral no proviene de este mundo.