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COLUMNA
EXPRESIONES DE LA CIUDAD: Aquella mística luminosa de los artistas sinaloenses
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Julio Bernal
27/08/2020
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Foto: Cortesía

Hubo una época en la que los trabajadores de la cultura no andábamos en actitud delicatessen cuando nos invitaban a los eventos; eran aquellos años en que las becas ni existían y tampoco solíamos extender la mano para soltar sudor con El jarabe tapatío; si no, no. Antes al contrario, era un encanto que nos tomaran en cuenta; y con una mística que ya no se ve tan fácil, le poníamos más enjundia a nuestro quehacer artístico, fuera teatro o fuera poesía, fuera danza o fuera canto. Y así.

 Supongo que todo empezó a cambiar desde el original Festival Cultural Sinaloa, cuando nos enteramos que a los elencos les pagaban un dineral, más viáticos, hotel, avión y bacanales incluidos.

 Clarísima tengo la imagen de la actriz Martha Salazar, la poeta Rosa María Peraza, Cecilia Pía Medina y un servidor, bebiendo café despacito en un restaurante que había al interior de aquella central de autobuses que se ubicaba por el boulevard Leyva Solano, haciendo tiempo mientras salía nuestro camión rumbo a Los Mochis, donde participaríamos en una peña cultural, cuando de súbito descubrimos que el susodicho autobús nos había dejado, entonces corrimos despavoridos a la salida del edificio, abordamos un taxi y a alaridos le rogamos al chofer que siguiera al vehículo traidor.

 Cuando lo alcanzamos, el taxi se le aparejó y Martha Salazar sacó su bastón por la ventanilla y empezó a darle de golpes al costado del camión, hasta que logró captar la atención del conductor.

 "-¡Nos dejó, señor! ¡Deténgase!- gritaba la insigne actriz, y luego el camionero detuvo la marcha de aquella ruta Tres Estrellas de Oro, nos encaramamos y a empellones abrimos paso entre los pasajeros que iban de pie, llegamos a nuestros asientos y por supuesto que levantamos a quienes los ocupaban, y fuimos felices en ese especial momento, porque cumpliríamos con el compromiso.

 En Los Mochis, instituciones como la UAS y el Ayuntamiento de Ahome nos alojaban en el Hotel América (desconozco si aún existe), y una vez a Rosa María Peraza le asignaron una habitación que no tenía puerta; en otro visita, la cantante Esperanza García vivió un susto grande cuando, al abrir su cuarto, descubrió que en él había un hombre durmiendo. En el comedor del hotel, cuando desayunabas, si pedías queso para los frijoles, te decían que estaba fuera del presupuesto. Y así.

Esperanza García

 En la segunda mitad de la década de los 80, en la Casa de la Cultura de la UAS -que todavía no se llamaba Miguel Tamayo- se llevaban a cabo las famosas Peñas Universitarias, que con el tiempo formaron un elenco de lujo, compuesto por grupos y artistas de Mazatlán, Los Mochis y Culiacán.

 Tengo presente a Norma Ley ofreciendo el poema Tú me quieres blanca, de Alfonsina Storni, y a Inga Pawells con la obra ¿Quién me compra una naranja?, de José Gorostiza, actrices que preparó -para una de las peñas-, el mismísimo Óscar Liera; esas peñas que iniciaban al oscurecer y que no tenían hora de fin, cuyos pocos pesos recabados, en el renglón de entradas, eran entregados a la Unión de Madres con Hijos Desaparecidos. Y nada de comilonas de lujo para los participantes, sino tacos o tamales hogareños. Y como aquello de la taza: pues cada quien para su casa. Nada de hotel.

 Fueron años felices, años que forjaron la personalidad de figuras emblemáticas de la cultura, esos años colmados de hombres y mujeres que aún solían buscar tesoros escondidos, porque sabían que -sin soñar-, el futuro semejaría a un páramo. Y punto. Comentarios: [email protected]

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