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OPINIÓN
EXPRESIONES DE LA CIUDAD El vecino de Colinas de San Miguel
Pero don Panchito se sale de cualquier molde, desde el momento mismo en que habita en la exclusiva zona residencial Colinas de San Miguel
Julio Bernal
17/09/2020
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Foto: Cortesía

Tocó con los nudillos el cristal del auto y supe que me iba a maltratar. Ya había sido testigo de la insolencia grosera con que trataba a quienes no les daban un quinto, luego de simular una limpieza relámpago con una franela percudida y polvorienta. Era una mujer como de cincuenta y tantos años, menesterosa y con refulgencia de vicios en las irisaciones de su mirar, a quien yo le tenía pavor. Con ardua delicadeza le expliqué que no traía ninguna moneda para darle, y me clavó la vista fijamente:

-Sin la menor duda -dijo- yo te conozco bien, porque nunca olvido una mirada como la tuya: tienes los ojos de asesino. ¡Estuvimos juntos en la Penitenciaría! -Luego dio la vuelta y se fue, como si nada.

Y entonces me asomé al espejo del retrovisor, escudriñándome, buscando los rasgos de homicida, y de súbito exploté en una carcajada intermitente, mientras avanzaba tras el semáforo en verde. Ya más calmo, concluí que existen de indigentes a indigentes, ya niños, ya jóvenes, ya ancianos. Acepto que no le doy a todo Cristo a la redonda, más cuando veo gente con edad para trabajar, o en actitud de chantaje, con un menor a lado. Suelo ofrecerles una moneda a las personas muy mayores. Y si son señoras ancianas en condición de calle, tristes, desamparadas, confieso que me rompen el alma.

Pero don Panchito se sale de cualquier molde, desde el momento mismo en que habita en la exclusiva zona residencial Colinas de San Miguel, de Culiacán, en medio de palacetes inimaginables.

Antes lo había visto sobre la escalinata de una mansión que suelo cruzar a diario, pero desde que se instaló en la esquina contraria, justo en Cerro del Pirul y Cerro de los Pilares, y observar cómo fue levantando su asentamiento con plástico negro, más alguna lámina vieja y otros enseres, resolví que la situación de don Panchito era impactante, dado el altísimo contraste arquitectónico del entorno.

Hace unos días decidí llevarle cosas que pensé podían hacerle falta, pero al llegar al sitio miré a otro hombre y a un niño, entonces presumí que eran su hijo y su nieto; y hasta hice conjeturas sobre un pleito antiguo entre ellos, que llevó a don Panchito a abandonar la casa familiar. Y con la fantasía carcomiéndome la imaginación, me alejé del lugar. Pero recién decidí volver con dos billetitos enrollados en la mano; y me dispuse a conversar con don Francisco Javier, porque así es su nombre.

Supe que es hondureño, pero que tiene 23 años viviendo en Sinaloa. Él me contó que era agente de ventas y que una vez, yendo a Tamazula, una víbora de cascabel le dejó inútiles las piernas. Que ya no tiene a nadie, por lo que buscó la ciudad más generosa para sobrevivir, y resultó ser Culiacán.

Había supuesto que era un vecino incómodo de Colinas de San Miguel, que tal vez a ciertas familias no les parecía tener en las cercanías un asentamiento individual tipo invasión, obvio que con un habitante extremadamente pobre, incluso más viejo que su edad de 62 años, lisiado e indefenso. Pero don Panchito, como todos lo llaman, narró sentirse protegido por la caridad de sus vecinos, y hasta me dio los nombres de algunos de ellos, porque ya los conoce y lo conocen. Asume la vida con un optimismo tan admirable como desproporcional. Y te sonríe. Y te bendice desde el corazón.

No lo sé de cierto, pero él me dijo que hay paz en su esquina de contrastes. De cualquier modo me perturba advertir, en un mismo punto y con un mínimo parpadeo, los dos extremos de la condición social humana. La contradicción se cuenta sola. Y punto. Comentarios: [email protected]

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