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COLUMNA
EXPRESIONES DE LA CIUDAD: Para los universitarios que se enfermaron de canto nuevo
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Julio Bernal
24/09/2020
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Foto: Cortesía

Si molesto con mi canto a alguien que esté por aquí, de seguro que es priista o un dueño de este país, entonaba Pedro Calderón en cualquiera de aquellas luminosas peñas universitarias que tenían lugar en la Casa de la Cultura, o en el edificio central de la UAS, y todos cuanto allí estábamos cantábamos el estribillo con ímpetu encendido, eso de que a desalambrar, a desalambrar, que la tierra es nuestra, es tuya y de aquél, de Pedro, María, de Juan y José. Éramos felices y apasionados.

Creíamos en su contenido. Y si participábamos en alguna huelga o nos instalábamos en un plantón, lo hacíamos con el alma, no como los del movimiento anti López Obrador, en la Ciudad de México.

Pero el jueves 9 de noviembre de 1989 vimos caer -y con justa verdad- el Muro de Berlín que nunca debió existir; y nuestros corazones se achicaron porque sentíamos que las canciones que eran parte del amueblado de nuestros espíritus, posiblemente se iban a quedar huecas, que ya no iban a decir lo que queríamos que dijeran, que quizá seríamos insensibles a la tremenda historia que cuenta la letra de Jacinto Cenobio; o que un tema como La Maldición de Malinche se volvería un polvoriento suvenir, que ya, desde mucho antes, el polémico Melchor Inzunza lo tildaba como un reclamo tardío.

Está loco. Es verdad. Demasiado cruel. Tales fueron las reacciones sobre una declaración de Martín Amaral, al decir que el canto nuevo no había sido más que una enfermedad de los universitarios.

Pedro Calderón

Pero hubo otras opiniones, como la de Amparo Ochoa, al calor de su último concierto en Culiacán, quien -sobre La Maldición de Malinche- me dijo: “La sigo cantando y la seguiré cantando hasta que no exista un mexicano que mire con ojos de desprecio a un indígena; y mientras digan que un huipil, un bordado riquísimo de huichol, o de tarahumara, o de seri, o de mayo, es una porquería”.

Recuerdo que Martín Amaral ahondó sobre la pertinencia del entonces llamado canto nuevo, luego de desmoronarse la icónica Unión Soviética, canto cuyo contenido, en los días que corren, es constreñido al término “trova”, aunque sus fans gustan nada más de su lado amoroso. Era el año 1991: “Tú dices, Julio, que es el reflejo de una época y de una ideología, y es verdad: fue su publirrelacionista. Pero hoy el espejo se ha roto. ¿Se podrá hacer algo con los fragmentos todavía?”.

Pero el pianista y crítico de ópera Gerardo Kleinburg, quien andaba por Culiacán impartiendo un taller en Difocur, no estuvo de acuerdo con aquello de que tal dichoso canto nada más hubiera sido una enfermedad de universitarios, sino que fue el vehículo expresivo de toda una generación.

Y dijo que había quienes pensaban que Pablo Milanés y Silvio Rodríguez ya estaban agotados, que ya no tenía valía el tema al que le estaban cantando. Y dijo que si bien Pablo y Silvio no iban a cantarle al neoliberalismo ni al Tratado de Libre Comercio, sí debían cantarle a la transición y a la democracia, pero a una democracia fuera del marxismo, “democracia que no existe, por supuesto”. Y dijo que iba a estar muy difícil que le siguieran cantando a Playa Girón. Y dijo que su música nunca fue masiva, tanto como un son veracruzano. Que nada de que mi unicornio azul ayer se me perdió.

Todo esto y mucho más. Pero sin embargo, créame, en mis bohemias no faltan voces como las de Amparo Ochoa, Tehua y Óscar Chávez. E incluso de Pedro Calderón, el trovador que se volvió priista y quien murió cantándole loas a Juan Millán. Y punto. Comentarios: [email protected]

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