Este fin de semana me estrené en la cala de caballo, mi suerte favorita dentro de la charrería. Para mí, la cala es la gala de la rienda charra, la máxima expresión de la comunión entre jinete y caballo, el binomio, jinete y cabalgadura, llevado a su punto más fino, donde ya no se trata de fuerza ni de dominio, sino de entendimiento, de escucha, de sincronía. En términos técnicos, una cala de 40 puntos es excelente; arriba de 45, extraordinaria; entre 35 y 40, muy buena; de 25 a 35, estándar, y yo, me estrené con menos dos.
Llevo exactamente tres meses tratando de entenderme con mi caballo y unas ocho semanas entrenando de manera consciente para calar, a diferencia de mí, él sí sabe lo que tiene que hacer, así que no hay demasiada discusión posible, el que falló fui yo. El error no estuvo en la cabalgadura, sino en el jinete que aún no termina de habitar su lugar.
Todos fueron amables en medio del caos, público y charros me abrazaron en el Rancho El Alazán y me dijeron que era parte de la experiencia, lo agradecí sinceramente, pero mientras asentía, había algo que yo sabía con claridad, había debutado en el caos. No en la perfección, no en la elegancia que uno imagina antes de salir al ruedo, sino en esa zona incómoda donde el cuerpo y el ego se sienten torpes, expuestos.
Al volver sobre lo que sentía, apareció una reflexión que me ha visitado en otras etapas de la vida, lo difícil que se vuelve, conforme avanzamos en edad, atrevernos a probar cosas nuevas por miedo al ridículo, y es que no es el fracaso en sí lo que nos asusta, el fracaso, al menos en teoría, es manejable, se corrige, se analiza, se supera, lo verdaderamente paralizante es algo que ocurre antes, una especie de fantasma anticipado, el miedo a ser vistos fallando, a quedar exhibidos, a romper la narrativa de competencia que hemos construido sobre nosotros mismos.
El ridículo no duele por lo que es, sino por lo que creemos que dice de nosotros, con el tiempo, acumulamos identidades, el que “ya sabe”, el que “no se equivoca”, el que “no empieza de cero” y sin darnos cuenta, esas identidades se vuelven cárceles y nos alejan de experiencias profundas, de aprendizajes tardíos, de aventuras que solo están disponibles para quien acepta verse principiante otra vez.
Vestirme de charro hace año y medio fue, en ese sentido, un acto de exposición, entrar a un mundo cargado de tradición, técnica, símbolos y miradas, sabiendo que no vengo de ahí, que estoy aprendiendo, que el error es visible pero también ha sido una de las experiencias más ricas de mi vida reciente, no por la destreza, que aún está en construcción, sino por lo que exige de uno, presencia, humildad, respeto y tiempo.
La charrería no permite atajos y el cuerpo se entera rápido de eso.
Para cerrar el día, como si la jornada no hubiera sido suficiente, monté un novillo, quizá confiado de más en mis juegos de infancia arriba de becerros, subí para entrar al ruedo y al tercer reparo estaba de cabeza, con la cara en el barro.
Las risas estallaron, las de ellos... y las mías.
Y en ese instante ocurrió algo importante, no estaba solo, ahí estaba mi hermano del ruedo y otros más, quitándome al toro, ayudándome a levantarme, abrazándome y riéndose conmigo, no de mí, el ridículo, compartido, se transformó, perdió su filo y se volvió experiencia. Ese golpe, literal y simbólico, me dejó una enseñanza sencilla y profunda, el viaje nunca se trata de no caer, sino de levantarse siempre y, sobre todo, de con quién te levantas.
Vivimos en una cultura que idolatra la maestría, pero desprecia el proceso. Celebramos al experto, pero invisibilizamos al aprendiz, olvidamos que toda destreza fue, alguna vez, torpeza pública y que toda elegancia nació del error repetido, que toda identidad sólida se forja en la incomodidad.
Tal vez crecer no sea dejar de hacer el ridículo, sino reconciliarnos con él, aceptarlo como parte inevitable del aprendizaje, como una puerta que solo se abre a quien se atreve a cruzarla.
Porque la pregunta importante nunca es si vamos a caer, sino si estaremos dispuestos a volver a montar.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.