La Yara, una perra mala que parece lobo y nos visitaba cada jueves
Cuando conocí a La Yara me miró de reojo a través de una malla ciclónica, con sus ojos amarillos, la frente ceñida y la cabeza agachada. Luego, como si le hubieran picado un botón, encendió su impaciencia porque vio llegar a mi padre. Casi temblaba para que le abriera la puerta.
La Yara es (o era) una de esas perras que parecen lobos, de orejas y hocico puntiagudo, pero de color negro y con las patas blancas, se le notan como si calzara botas.
Abrí la puerta y La Yara se movía como un caballo bailador: se sostuvo con sus patas traseras y tamborileó el suelo con las delanteras. El constante pataleo hasta provocó una pequeña polvareda en el terreno de enseguida de la casa de mi padre en San Pedro, en el municipio de Navolato.
¡Hazte para allá, Yara!, le gritó mi padre, como si estuviera emputado con ella.
La Yara se acercó y me hizo imaginar que quería saludar a La Princess, que sí vivía con mi papá, una pequeña hembra con colores iguales a los de un Doberman, con ojos cafés claros, patas cortas y cuerpo alargado.
Pero La Princess no tenía mucho afecto para intercambiar. Le gruñó por un minuto y le enseñó el colmillo derecho mientras arrugaba la nariz.
Qué bonita está esa perra, ¿de quién es?, pregunté.
No es de nadie. Es una perra mala, me respondió mi padre.
No me pareció que fuera una perra mala, la miré más bien mansa, juguetona y con necesidad de cariño. Es más, me dio gusto que tuviera nombre.
Me di cuenta que poco a poco hizo que hasta La Princess se sintiera más cómoda y terminó agradándole.
¿Cómo que una perra mala?, le cuestioné.
Sí, porque sabes que la otra vez parió y se comió a sus hijos, dijo con un tono acusador, con desprecio.
A diario, para ir a tomar el autobús que me lleva al trabajo, salía por una puerta que abría mi padre en las mañanas, que da de la casa a otros dos baldíos bien grandes que están cercados.
No es lo más apropiado, pero hay espacios por los que se pueden atravesar sin pedir permiso y me ayudaban a acortar la distancia
En uno de los terrenos había montones de tierra de relleno y escombro. Casi siempre estaba sucio o con el monte alto y empolvado.
Una vez hallamos en la orilla una planta de donde estuvimos cortando decenas de calabazas a escondidas, antes de que un rebaño de chivos y borregos llegara a acabar con ella.
Esa planta no era de nadie, creció en medio de un matorral, se protegió por la maleza, se nutrió del suelo y se bañó de la brisa que caía por la mañana en esas fechas.
A veces, aunque no era muy común, llegaba gente a limpiar una parte de ese terrenos, y para guardar las cosas tenían un cobertizo mal construido de bloques apilados sin concreto, pacas de socas de maíz encimadas, troncos secos recargados, tarimas viejas y una mallasombra raída que nunca imaginé que tuviera utilidad para otra cosa que no fuera estar ahí.
La gente, si es que me la topaba, me saludaba en lugar de molestarse por haberme sorprendido pasar por su propiedad.
El baldío de enseguida siempre tuvo más vida, enmontado y con árboles grandes. Por esos tiempos, ahí en los troncos gruesos dejaban una yegua negra que tenía una enfermedad en uno de sus ojos y parecía que tenía una raspada con todo el pómulo y la ceja en carne viva.
Se la llevaba amarrada de un mecate de unos cincuenta metros de largo que le permitía ir de aquí a allá. Varias veces vi a esa yegua acostarse y darse un baño de polvo cuando se cansaba de estar parada.
Con las semanas me di cuenta que mis constantes caminadas por el lugar, por lo menos cinco veces a la semana, de alguna manera la acostumbraron a mi presencia y ya no se mostraba nerviosa. Supongo que ayudó que siempre me acerqué hablándole como si fuera un humano: ¿Cómo amaneció?, ya se ve mejor de su ojo. Que pase un día chingón. Mucha suerte en la jornada. Provecho con ese zacate.
La Yara se llevaba en la parte del fondo de la propiedad, porque Silvano y Cecilio tienen una crianza de puercos, y ella era la guardiana.
Mi padre me contó que una vez, mientras daba un paseo por el fondo del patio para desentumirse las piernas, pudo ver que La Yara había encontrado una madriguera que originalmente era de una familia de tlacuaches que mi tío Piruchi mató a escobazos unas semanas atrás.
La perra usó es lugar para meter a sus cachorros, y esos no dejaban de llorar en los primeros días. Mi padre siempre creyó que la perra no comía lo suficiente -aunque le ofreciera- para dar leche. Luego ya no escuchó nada.
A ese terreno de enseguida, el que tiene vida y donde estaba la yegua, llegaba todos los días Silvano, y cada jueves, Cecilio, quien se daba un tiempo para alimentar a La Yara.
Por eso es que ese día también coincidía con sus visitas a la reja de entrada en la casa de mi padre.
Mire, volvió La Yara, le dije un jueves después.
Es que viene cuando viene Cecilio. A veces él le da comida, pero tiene días que no viene, se ve que tiene un chingamadral de hambre, pero no siempre quiere comer.
La última vez que la vi, un par de jueves después de la charla sobre ella, mi padre la miró fijamente y se puso serio.
La perra llegó, se paró y movió la cola en la mera puerta y La Princess se le acercó a saludar.
Mi padre abrió la reja, pero se retiró casi molesto, pareció haber visto algo que yo no. Caminando, masculló: Chingado. Parece que La Yara otra vez está embarazada.