Resistir en la narcoguerra de Sinaloa
Aún no somos una sociedad rendida

OBSERVATORIO
22/10/2026 04:02
    Pese a lo intimidante de la realidad, quien vea en los sinaloenses como una sociedad rendida frente a la embestida criminal de más de dos años, le resta atención y relevancia a la lucha que desde los diferentes ámbitos de actividad humana se realiza para levantar lo derruido y asumir la obra de reconstrucción hecha con la tenacidad de los no vencidos. Aquí seguimos entre ráfagas que nos rozan la piel y que no logran amilanar a los pertinaces. A la obstinación del hampa tarde o temprano la doblegará la terquedad de los bienhechores.

    Dos años después, con más de 4 mil homicidios dolosos y 4 mil 500 privaciones ilegales de la libertad, y todo lo demás que la violencia arrasa a su paso, resalta la tenacidad de todo un pueblo, el de Sinaloa, por resistir en la interminable guerra empuñando el ejército cívico pendones de paz y armas de perseverancia. Llegará el momento en que logremos convencer a todos, incluso a nosotros mismos, que nos asiste la razón que corresponde a los sobrevivientes.

    Seguimos de pie en los lóbregos campos de batalla donde el humo que emana de los rifles de asalto y la sangre desprendida de los muertos impiden determinar con claridad entre el enemigo que mata y el defensor que protege. Caemos y nos levantamos cuantas veces sea preciso en las reyertas entre narcos, los choques del crimen contra las fuerzas armadas, el estruendo de explosivos diseminados con drones, y las desapariciones forzadas en las cuales la tierra parece engullir a los nuestros.

    Y pese a lo intimidante de la realidad, quien vea en los sinaloenses como una sociedad rendida frente a la embestida criminal de más de dos años, le resta atención y relevancia a la lucha que desde los diferentes ámbitos de actividad humana se realiza para levantar lo derruido y asumir la obra de reconstrucción hecha con la tenacidad de los no vencidos. Aquí seguimos entre ráfagas que nos rozan la piel y que no logran amilanar a los pertinaces. A la obstinación del hampa tarde o temprano la doblegará la terquedad de los bienhechores.

    La narrativa cotidiana de vidas humanas sacrificadas, muchas arrancadas a niños y mujeres, pobladores que son parias en tierra propia, madres cuyo espíritu tendrá calma hasta encontrar a sus desaparecidos, medios de sustento familiar que desertaron entre fuegos cruzados, y delitos patrimoniales que roban bienes e ilusiones, reta a los audaces y exhibe a los pusilánimes. No se diga la capacidad de asombro que con el mismo instinto de permanencia amplía los márgenes del azoro.

    Todo este recuento trágico, aunque parezca repetitivo y carente de fe en el Gobierno que no le aporta al optimismo, acciona a los sinaloenses para mantener firme la exigencia de seguridad pública el tiempo que sea necesario, hasta que haya señales de que la violencia a la baja induce la posibilidad de paz y orden alcanzadas por las instituciones cuya responsabilidad es proteger a la población y sus actividades legítimas.

    No nos permitamos, así sean tiempos duros y de esperanzas socavadas, la equivocación de normalizar la acción criminal y creer que ésta es la fatalidad que merecemos por permitirle a la delincuencia entrar a los espacios que alguna vez fueron impenetrables. Antes que la permisibilidad social obsequiada a los facinerosos, el Gobierno les regaló la franquicia bárbara que permite atacar sin límites la civilidad y les garantizó también la impunidad. Es decir, no empezaron desidias y confabulaciones el 9 de septiembre de 2024 al comenzar el encontronazo brutal al seno del Cártel de Sinaloa.

    Implantemos la quimera que determina que una guerra no nos vuelve a todos arredrados, sin importar que tal premisa la construyamos debajo de las camas, en el cuarto de la casa que consideramos más seguro, o en la estampida como último reducto de salvación. Ponerse a salvo dejó de ser cobardía cuando el instinto de protección nos tatúa en la frente el rótulo de piérdase aquí toda esperanza. Con la vida en vilo no perdemos tiempo en buscar la ruta de evacuación más pertinente.

    El realismo trágico nos enseña que es la cotidiana estadística de la narcoguerra la que fulmina la idea de que vienen tiempos mejores, y la impunidad llega como el tiro de gracia asestado a dicha invención de la imaginación. El recuento de los daños es lo que sostiene la espera en la cuenta regresiva del reloj cuyas manecillas dejan de agregarnos segundos de vida y exhiben solamente el balance de salvajismos que un día creímos efímeros y ahora sabemos que son interminables.

    Entonces ¿qué hacemos? No accedamos a entregar la expectativa de paz a manera de cheque al portador sin exigir antes la funcionalidad de las instituciones y quienes las dirigen, pagadera a largo plazo con el respaldo ciudadano como moneda de cambio. Tras medio siglo de crimen ostentando el gobierno de facto nadie nos puede recriminar que seamos desconfiados, ariscos, en la alucinación donde los políticos transfiguran a maleantes. No éramos así; ahora hasta los más fiables nos parecen sospechosos.

    Reverso

    Sobreviva algo de sociedad,

    Ante cada violenta agresión,

    Para decretar la no rendición,

    Como nuestra última voluntad.

    Y de pronto, balas

    Alguien debería alertar a la población de las comunidades rurales cuando se realicen operativos anticrimen para que la gente tome medidas adecuadas de autoprotección. La noche del lunes 19 de octubre en La Palma, municipio de Navolato, llegaron intempestivamente los militares a efectuar una operación al parecer planeada con anticipación, pero desencadenó horas de terror indescriptibles. La intervención castrense que abatió a dos supuestos generadores de violencia se prolongó hasta que salió el sol el martes y los lugareños seguían encerrados en la parte de los domicilios que supusieron no penetrables por las balas. La pregunta es si las fuerzas armadas no deberían esperar a que los presuntos maleantes estén fuera de los casos poblacionales para evitar poner en riesgo a los lugareños pacíficos.