Hay fines de semana que no sólo se viven, se quedan resonando, como si algo se moviera por dentro y obligara a hacer pausa. El que acabo de pasar fue uno de esos, una boda de por medio, y todo lo que implica, siempre termina por empujarme a las mismas preguntas, la vida, su sentido, la suerte y, claro, el amor, porque casarse, en el fondo, sigue siendo un salto de fe y sostenerlo, una forma de resistencia.
Y es que, si uno lo piensa con calma, la vida no cambia en grandes bloques, sino en días específicos, días que parten la historia en un antes y un después, una boda, un nacimiento, una graduación, un ascenso, una pérdida, un rompimiento. Lo inquietante es que casi nunca se anuncian, no llegan con música de fondo ni con advertencias, suelen ser un martes cualquiera y, sin previo aviso, algo se mueve.
Cambia la forma en la que pensamos, la manera en la que sentimos, incluso la narrativa con la que nos explicamos quiénes somos y entonces, para bien o para mal, todo vuelve a construirse, no desde cero, pero sí distinto.
Sin embargo, vivimos esperando los grandes momentos, como si la vida fuera una sucesión de hitos evidentes, como si lo importante tuviera que ser extraordinario, visible, casi cinematográfico, pero la vida, la que realmente nos transforma, ocurre en voz baja. En una conversación que no esperábamos, en una llamada que llega tarde, en una decisión pequeña que, sin saberlo, lo cambia todo.
Ahí, en ese territorio silencioso, aparece la suerte.
Casi todo el tiempo tenemos más suerte de la que estamos listos para asumir. Pero no la vemos o no la queremos ver, porque la hemos asociado con lo improbable, con lo espectacular, con lo que rompe la lógica y la mayoría de las veces no es así, la suerte es mucho más discreta.
Amanecer, por ejemplo, ya es una forma de gracia, estar, seguir, tener posibilidad, incluso cuando no sabemos todavía qué hacer con ella.
Pero la suerte, sin conciencia, es invisible, no porque no exista, sino porque no sabemos verla y ahí aparece una segunda verdad, igual de importante, no sólo la suerte está disponible, también lo está nuestra capacidad de asombro.
Aunque a veces lo olvidemos, seguimos siendo capaces de sorprendernos, no se nos ha ido, no se ha roto, lo que pasa es que dejamos de estar abiertos, nos acostumbramos, nos protegemos, nos volvemos eficientes para sobrevivir, pero torpes para sentir y entonces dejamos de ver lo extraordinario en lo ordinario.
Y así, sin darnos cuenta, empezamos a vivir en automático.
Lo interesante es que no se necesita demasiado para romper ese estado, basta muy poco, un momento de pausa, una conversación honesta, un beso, un instante en el que bajamos la guardia y algo, sin pedir permiso, vuelve a hacer sentido.
Ahí es donde todo cambia otra vez.
Entonces la pregunta deja de ser si tenemos suerte, tampoco es si podemos sorprendernos de nuevo, la verdadera pregunta es otra, si estamos dispuestos a abrirnos, abrirnos a lo que no controlamos, a lo que no planeamos, a lo que no entendemos del todo. Porque el sentido no aparece solo, no llega armado, se construye, se decide, se interpreta y muchas veces nace justo ahí, en la intersección entre lo que nos pasa y lo que estamos dispuestos a ver.
Tal vez por eso la vida no se trata de esperar los días extraordinarios, sino de aprender a mirar distinto los días comunes, de entender que en cualquier martes puede empezar algo importante, para salir de viaje, que incluso un día aparentemente irrelevante puede marcar un giro.
Que es un buen día para cambiar de rumbo, para decir algo que no nos habíamos atrevido, para quedarnos, o para irnos.
Que la suerte no es escasa, sólo silenciosa, y que el asombro no es cosa de la infancia, sino de la apertura.
Al final, la vida no deja de ofrecernos sentido, en el absurdo, todo el tiempo. En lo grande y en lo pequeño, en lo evidente y en lo que pasa desapercibido.
La diferencia no está en lo que ocurre, está en si estamos listos para verlo.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.