"Expresiones de la Ciudad: Nace la vida en Culiacán"
El Culiacán de los 40 es una ciudad chica con una población que no va más allá de los 20 mil habitantes, tranquila, con sus tres ríos y su plaza donde crece la amapola como cualquier otra flor. Los portales circundan catedral, y los domingos se hacen planes para ir a las funciones del Teatro Apolo. La vida camina sin contingencias espectaculares, sombreada cada día por los atardeceres naranja que se ven desaparecer por el poniente.
El 29 de septiembre de 1946, en el domicilio ubicado en la esquina de las calles Colón y Granados, nace la niña María Amparo Ochoa Castaños, quien al cabo de los años había de ser considerada como la representante más fiel del llamado Canto Nuevo y de la música folklórica mexicana. Sus padres llegaron a Culiacán en 1945 cansados de andar todos los caminos posibles, desde la población de Eldorado hasta la ciudad cañera de Los Mochis, para luego seguir por el rumbo de Badiraguato y Angostura, además de ranchos como La Tasajera, el Gato de los Gallardo y Las Bebelamas.
La casa de Colón y Granados está en los límites de la mancha urbana por la parte oriente. Es una zona aislada que ocupan familias humildes, en su mayoría trabajadores asalariados del campo o la ciudad, acostumbrados a confundirse con los cañaverales que se levantan a unos cuantos pasos.
En ese terreno intransitable durante las lluvias y donde iguanas y ardillas asoman con sigilo para no correr la suerte de parar en las cocinas, también es común observar con desenfado el paso de animales de carga con leños o tambos de agua sobre sus lomos, amén de aquellos que llevan ceñidos al cuerpo los amarres que sujetan los largos maderos enganchados a las llamadas arañas, carruajes populares pioneros del transporte urbano.
La vida familiar circunda alrededor de las hornillas donde madres e hijas atizan el fogón para que el comal cueza la masa convertida en tortillas, mientras que en el molcajete combinan la sabiduría campirana para dar lugar a picosas salsas, enrojecedoras del alma. El aire huye a manotazos cuando la densidad del humo convoca lágrimas no pedidas, en tanto las cenizas amenazan con blanquear rostros y rincones.
Tales rasgos caracterizan el hogar de los Ochoa Castaños, cuna humilde ofrecida para el nacimiento de Amparo, que hasta entonces no había permitido que los hijos del matrimonio conocieran festejos de cumpleaños o de Navidad. Todos los esfuerzos se encaminan a conseguir lo más elemental para la numerosa familia. Desde entonces, a la niña no la llaman por su nombre sino con el apodo de Vida, primero por cariño y luego instituido por la costumbre. Vino al mundo con el carisma que siempre le habría de ser característico. Su sonrisa dice quiéreme, llévame, agárrame en tus brazos.
Los primeros tres años de su infancia los vive en Culiacán, repartidos en tres domicilios: Primero en Colón y Granados, luego por la Nicolás Bravo, entre Rafael Buelna y Ángel Flores, y por último en la esquina de Benito Juárez y Juan Carrasco. En 1949, la familia, empujada de nuevo por la necesidad, hace otro viaje, ahora al campo cañero número 3, aledaño a Costa Rica.
Hasta ahí va a dar la Vida junto con sus ocho hermanos, atendida exageradamente por Gloria, a tal grado que en un tiempo corre el rumor de que en lugar de hermana, es su hija. Destaca por ser una niña traviesa, amante de fugarse al canal con la intención de bañarse; le gusta también subir a los árboles y trepar a los tractores, por lo que siempre hay que estar pendientes de la Amparito de pelo ensortijado y cuerpo extremadamente delgado.
La apretada oscuridad de las noches queda interrumpida con las hogueras encendidas para ahuyentar moscos y zancudos, escenario redondo que los moradores también usan para contar los más extraordinarios relatos de muertos y aparecidos, sin faltar la anécdota de la Llorona que en la hora cero de la madrugada oyen gemir dolorosamente.
La Vida y otros niños prefieren el refugio de sus juegos a la luz de aquellas llamaradas, en tanto no escuchen la orden de sus padres para ir a dormir, so pena de que se les aparezca el Diablo por desobediencia y por jugar de noche.
Ya en Costa Rica, la Vida vive a plenitud su infancia. Allí evidencia tener inclinaciones para el canto, aprende de don Chano (su padre) las primeras notas de la guitarra y muestra su gusto por la música popular. Este viaje resulta definitivo para el futuro de los Ochoa Castaños, pues al fin hay posibilidades de hacerse de un patrimonio que garantice la estabilidad familiar.
Si bien es cierto que lo que viene no son precisamente lujos, al menos se presenta la oportunidad de una mesa con alimentos tres veces al día, gracias a las facilidades de crédito que permiten adquirir algunas hectáreas para la siembra de caña. Comentarios: expresionesdelaciudad@hotmail.com