La sacralidad de lo pequeño

FACTOR HUMANO
22/08/2026 18:45

En la grieta entre lo que queremos y lo que sucede, se asoma -mosaico a mosaico- la esencia de la vida: fugaz, simple e imprevista. Su sacralidad está tejida de momentos.

El sol de agosto pesa como una reverberación de fuego. De pronto, el viento sopla y se lleva lejos el estío, abriendo paso a la lluvia, despertando el perfume escondido de la tierra y de la hierba fresca.

Las flores avivan sus colores, las hojas de los árboles brillan bautizadas. Arriba, el cielo azul cobalto, glorioso, domina la escena veraniega.

Disfruto caminar bajo el frescor de la lluvia recién caída porque reanima; enciendo el auto y me dirijo a un café mientras el parabrisas se salpica de cristales y el pavimento húmedo refleja el cielo en mil espejos.

Estaciono cerca para no empaparme. Al entrar, escojo al fondo una larga mesa en busca de privacidad para escribir. Al otro extremo de ella, una familia disfruta a su primer bebé.

Me concentro en el destello de unas ideas que brotan en la pantalla de la computadora. Al terminar, entablo una conversación con mi vecino de silla, así pasa a ser un conocido, es el tío joven de la familia disfrutando la reunión.

Bromeamos como si nos conociéramos de siempre. Esa familiaridad inmediata, tan típica de nuestra gente, es un rasgo regional que gozo tanto: nos hace cálidos, nos inclina al buen humor, a disfrutar el simple hecho de encontrarnos. Un calor humano que suaviza esa indiferencia cortés del centro del país.

La escena familiar alrededor del primogénito capta toda mi atención. La conversación fluye alternada: la abuela comenta lo que preparó de cena en otra reunión; la tía, una muchacha, tiene en sus brazos al bebé que, en silencio y sin llamar la atención, parece recibir agradecido el cariño que lo rodea.

El abuelo ojea su celular, el papá orgulloso apenas habla; todos ellos son tan jóvenes. Más tarde, otro tío abuelo y la mamá del bebé se unen; ella lo abraza arrobada. Los caballeros, por falta de sillas, se ponen de pie y continúan la charla sin romper la cercanía.

Al observarlos, me doy cuenta de que están celebrando la esencia misma de la vida en todo su esplendor, sin proponérselo, con naturalidad y sencillez.

Honran con su atención ese momento de sacralidad, que uno tras otro componen la existencia. En la reunión fluye el amor fresco en varias direcciones.

Reflexiono que la creación no solo sucedió en el Génesis, sino que sigue sucediendo aquí, con este bebé, en esta mesa, en medio de ellos, repitiéndose. Este bebé nació con una mirada, con un beso, con la vida entera repitiéndose.

Al sentirme parte, les felicito y les dirijo unas palabras de mis reflexiones, y me responden con su sonrisa atenta, agradecidos.

Mientras les hablo, sin querer mis ojos se humedecen ligeramente, está cantando mi corazón y al escucharlo me conmuevo como si oyera las notas de un piano. El ágape me resulta entrañable.

Me doy cuenta que de esa mesa brota algo mágico: el afecto que sostiene emocionalmente a las personas durante toda su vida. Las mejores cosas de la vida suelen suceder alrededor de una mesa y suceden más en la simplicidad que con la solemnidad.

Nos despedimos de mano familiarmente. Al irse cada uno llevaba más afecto del que trajo.

Reanudé mi escritura, pero el aroma flotando de su presencia me trajo a la memoria a Patrick, uno de los dos recientes nietos de un amigo. Él ahora está sobreviviendo en el hospital. Nació a las 28 semanas, una cosita rosada que apenas superaba el kilo.

Nos acaba de enviar su foto ya salido de la incubadora. Me impresionan sus ojos enormes, te miran directo con una expresión lúcida, profunda, intrigante, madura para su tierna edad; su manita apretada se aferra a la vida y su rostro expresa su lucha para salir avante. Patrick sabe lo que quizás muchos olvidamos: aferrarnos a vivir.

Hoy su abuelo me dijo contento: “Ha ganado peso, ya supera el kilo setecientos. Su madre extrae dos veces al día su leche”. Así lo nutre de su amor, mientras toda la familia se alterna para estar muy cerca de él, como la familia del café.

La vida está llena de contrastes que se cuelan en la agenda; cada momento tiene su sacralidad, sucede tal como es, no como deseamos. Nuestra atención plena los hace grandiosos. Dejamos ir la vida por esperar lo grandioso. Y aquí está sucediendo ante nuestros ojos aunque el mundo se esté cayendo.

El sol de agosto pesa como una reverberación de fuego. De pronto, el viento sopla y se lleva lejos el estío, abriendo paso a la lluvia, despertando el perfume escondido de la tierra y de la hierba fresca.