Pasó la euforia de la participación de la Selección Nacional en el Mundial de Futbol 2026. Tras semanas de vivir en una especie de realidad paralela, donde el tiempo se medía en partidos y las emociones dependían de un balón, México despierta del Mundial. Es el regreso inevitable a la realidad y a los desafíos de siempre.
Pero el verdadero valor de este “postmundial” no está en el resultado del Tri, sino en el espejo que nos puso enfrente. Durante un mes, fuimos capaces de ponernos una misma camiseta sin importar diferencias, de abrazar a desconocidos en las plazas públicas y de vibrar bajo una sola identidad. Demostramos una capacidad asombrosa para la esperanza, la resiliencia y la unidad.
La gran lección que nos queda es hacernos la pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué reservamos nuestra máxima pasión sólo para el futbol?
Esa misma energía desbordante, ese orgullo de sabernos mexicanos y ese motor colectivo que nos hace creer que lo imposible es posible, es lo que urge trasladar a la vida diaria.
Esa misma pasión debería trasladarse a defender la educación, a exigir y construir calles más seguras, a impulsar la ciencia, el arte y los negocios emprendedores.
¿Y si sí nos organizáramos con la misma disciplina que lo hicimos para ver el partido y para celebrar después, o si defendiéramos el futuro del País con el mismo coraje con el que reclamamos un marcador?
El Mundial ya terminó y la realidad nos espera con los brazos abiertos. El reto ahora no es olvidar la fiesta, sino entender que el verdadero “campeonato” se juega todos los días en la calle, en las aulas y en el trabajo.
Es momento de demostrar que la grandeza de México no depende de 11 jugadores en una cancha, sino de los millones que habitamos en ella.