El gran aliado de Irán permanece en silencio, no responde a las solicitudes de auxilio, ni siquiera ha condenado abiertamente la agresión armada protagonizada por Israel y Estados Unidos.
Irán, el enorme país de los ayatolas, ha encarado siempre a sus adversarios bajo el aparente apoyo de sus aliados rusos y chinos, pero cuando comenzaron a caer las bombas desde el cielo nadie acudió en su ayuda.
Empantanada en su propia guerra, Rusia no está para ayudar a nadie, en lugar de acudir en ayuda de sus aliados persas se ha dedicado a aprovechar el descalabro petrolero mundial y vende su crudo y su gas al mejor postor, recuperándose de la sangría que le ha ocasionado su conflicto con Ucrania.
China lame sus heridas, el conflicto en Irán ha develado una de sus principales vulnerabilidades: su sed de crudo la ha obligado a cerrar varios de sus puertos, concentrando sus operaciones en puntos estratégicos.
La industria China se mueve alimentada por el crudo iraní, cortado de tajo por el ataque de israelitas y estadounidenses. Ahora se ve obligada a depender del petróleo ruso, una dependencia que la deja en manos de su codicioso aliado.
Además del crudo, la zona de las potencias árabes es una región alimentada por las exportaciones chinas, paralizadas por el cierre del Estrecho de Ormuz.
La guerra en Irán amenaza con cambiar el orden mundial, el conflicto dejará numerosas cicatrices, revelará debilidades, forjará nuevas alianzas y romperá lazos antiguos.
Por lo pronto, China es una de las potencias más afectadas por el enfrentamiento, revelando su enorme dependencia al petróleo barato y a las exportaciones, lecciones que Estados Unidos y Europa observan con detenimiento.