Venezuela, una mirada desde adentro: tensa calma y la esperanza de una justicia transicional

12/02/2026 04:02
    A un mes de la detención de Nicolás Maduro y Cilia Flores, Venezuela vive un momento suspendido entre el alivio y el miedo. El país atraviesa una etapa de tensiones, señales contradictorias y disputas silenciosas, donde la urgencia cotidiana no es geopolítica ni ideológica, sino recuperar libertad, dignidad y espacios mínimos de vida.

    A un mes de la detención de Nicolás Maduro y Cilia Flores, y lejos del ruido polarizado, en Venezuela se impone un clima tenso de señales mixtas. Familias haciendo vigilias frente a las cárceles, esperando la liberación de presos políticos; una Ley de Amnistía con vacíos y omisiones que está siendo impulsada con urgencia por la cúpula chavista y, en paralelo, un Decreto de Estado de Conmoción que limita garantías constitucionales, mientras siguen las detenciones arbitrarias y las desapariciones forzadas.

    No hay certeza si se navega hacia una transición democrática o hacia una nueva legitimación del autoritarismo, pero para la población que permanece, la urgencia no es geopolítica ni petrolera: es recuperar espacios de vida y de derecho, y romper, aunque sea un poco, la pedagogía del miedo cultivada durante décadas.

    Repasemos hechos: a sólo 10 días de la ausencia de Maduro, una encuesta hecha a más de mil venezolanos que viven en el país reveló que más del 90 % estaba agradecido por dicha detención (Meganálisis). Esto no debería ser sorpresa considerando que la inflación interanual en mayo 2025 rondaba el 229 por ciento (Observatorio Venezolano de Finanzas) y que al menos el 89 por ciento de la población vive padeciendo inseguridad alimentaria, enfrenta barreras de acceso a la salud y de servicios básicos garantizados (ENCOVI 2023).

    Venezuela vive desde hace más de una década una crisis prolongada acompañada de una profunda violencia política. Sólo desde 2014 la ONG Foro Penal ha documentado 18 mil 582 detenciones políticas en el país. El chavismo ha consolidado una hegemonía de medios que no tolera disidencias ni críticas y la autocensura ha sido la normalidad que rige el orden del día mientras el régimen tiene un extenso aparato de propaganda.

    Sistemáticamente los intentos de rebelión y de protesta ciudadana han sido aplastados. No en vano se denuncian al menos 90 centros de torturas en el territorio. El más icónico: El Helicoide. Originalmente, en los años 50, un proyecto de centro comercial que se recorrería sólo en auto, una promesa arquitectónica de la modernidad que incluso figuró en exposiciones del Moma y fue objeto de interés para artistas como Neruda y Dalí.

    Ahora el edificio es tristemente célebre por ser una de las cárceles más temidas y ser base operacional del SEBIN (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional), es imposible olvidar que Maduro en octubre pasado inauguró su adelantada “navidad” con fuegos artificiales que se alzaban detrás de la silueta del edificio. Un gesto macabro considerando que entre sus muros y los de otros centros han pasado venezolanos y extranjeros: periodistas, activistas, políticos de Oposición y una gran cantidad de ciudadanos comunes, incluyendo personas de la tercera edad, menores y personas con neurodivergencias.

    Estas detenciones arbitrarias suelen ocurrir sin juicios claros, sin acceso a abogados y sin oportunidad inicial de tener contacto con la familia. A la mayoría se les suele imputar lo que el gobierno considera: Delito de Odio. Y los que han logrado salir hablan de torturas y de condiciones que describen inhumanas y parecidas a la idea de “campos de concentración”.

    En Venezuela no se necesita ser un alto perfil para ser preso político del chavismo, los casos van desde doctoras que enviaron un audio en WhatsApp criticando las carencias del hospital, algún francés profesor de yoga detenido en la frontera, un joven que denunció en la app del gobierno la falta de un servicio, hasta un policía que hizo una publicación en redes. Es una arquitectura que utiliza estas personas como moneda de cambio para negociar con otros países y como tecnología social para disciplinar. El mensaje es claro: criticar a la revolución tiene un costo muy alto.

    Esta realidad es la que cotejaron los venezolanos el pasado 3 de enero. No se trata de romantizar el peligro de una intervención extranjera, sino de valorar bajo un marco de pérdidas, en cuyo caso la gente está dispuesta a aceptar riesgos mayores si representan la posibilidad de una salida.

    Imagina el escenario de una enfermedad autoinmune: el sistema, las instituciones, las reglas que en principio estaban diseñadas para protegerte empiezan a operar en tu contra. En un caso así, un virus que puede ser una amenaza, pero que a la vez podría redirigir a tu sistema inmune a otra batalla y darte un respiro, es el mal menor. Se trata de costo de oportunidad y para la población venezolana era un costo más alto el status quo que le asfixiaba.

    Elke Weber, psicóloga e investigadora en Princeton, lo describe como la teoría de “finite pool of worry” o en palabras simples, la capacidad finita que tenemos para preocuparnos por varias amenazas a la vez. No es irracional, es una gestión del riesgo más emocional y enfocada en el escenario inmediato, una respuesta lógica si la vida cotidiana se organiza alrededor de sobrevivir.

    Aun así, la normalidad ha sido una sensación agridulce desde el día siguiente. Se fue Maduro que representaba un símbolo condensado de la injusticia, un primer paso que generó sensación de alivio y un hito mayor que cualquier promesa abstracta. Pero, aunque parezca paradójico, la esperanza, el temor y la desconfianza coexisten en la situación actual.

    Un escenario en el que el chavismo sigue sin Maduro. Decy, Jorge y Diosdado ajustaron su discurso para tratar de conservar la calma en sus círculos de poder, continuar negociaciones con Estados Unidos y mantener el mito de la revolución (sobre todo para el público internacional) con espectaculares y lonas con la foto de Cilia y Nicolas en gestos cándidos y lemas como “Los queremos de vuelta”,” Free Maduro”, “Free Cilia”.

    Pero detrás de las personificaciones moderadas y espectáculos de drones con corazones y símbolos de pulso aludiendo a que sigue viva la “revolución”, se esconden más detenciones arbitrarias y alcabalas de control en la que colectivos armados revisan los mensajes del teléfono. La regla ahora es salir lo mínimo indispensable, evitar transitar en la noche y no llevar tu celular.

    A pesar del ambiente intimidatorio, la agenda de los dirigentes de oposición, ONG y población (dentro y fuera de las fronteras) es clara: no puede haber transición democrática, sin liberación de presos políticos. ¿Por qué? Porque no sólo ellos están castigados, el castigo se extiende a las familias en duelo y a los otros en el miedo latente.

    La preocupación actual es: ¿habrá verdad, justicia y reparación?

    Libertad, verdad y garantías son las llaves psicológicas que: bajan el miedo, hacen creíble la ruptura, restituyen la dignidad y empiezan a desactivar la autocensura.

    Ya está ocurriendo. Los estudiantes en distintas universidades hicieron protestas pacíficas pidiendo la liberación de presos políticos, los familiares de presos llevan más de 19 días en vigilia frente a la cárcel de Zona 7 pese a las intimidaciones, las organizaciones gremiales están empezando a alzar voz, algunos dirigentes políticos han salido de la clandestinidad y desde las ONG hay propuestas de Ley de Amnistía y se exige dar transparencia de la ley que está promoviendo Delcy y Jorge Rodríguez.

    Hasta ahora han sido excarcelados más de 300 presos, aunque el régimen infla al doble las cifras y no aclara que se trata de excarcelaciones condicionadas. Siguen 687 encerrados y el juego de “libertad de expresión” sigue siendo de alto riesgo para los que están en el país, pero aún sin garantías es un hecho que las reglas cambiaron. Se ha reordenado el costo percibido de hablar, organizarse o exigir. Son muchas las voces en Venezuela que quieren recuperar espacio y reescribir la memoria sobre el ruido invalidador de la propaganda.

    La autora es Ida Vanesa Medina Padrón, estratega en LEXIA (@LexiaGlobal), autora de la columna digital “La Teoría del Todo”, en Milenio. Comunicadora social egresada de la UCAB-Venezuela, con experiencia en documentales audiovisuales, periodismo en medios, marketing y trabajo con asociaciones civiles.