Teresa encuentra a su padre entre los ciruelos que él cuidó durante 80 años
ROSARIO._ Para Teresa Santos Sánchez, licenciada en Ciencias de la Comunicación y Pedagogía, no estaba en sus planes dedicarse al oficio de producir y secar ciruelas. Sin embargo, tras el fallecimiento de su padre, Alberto Santos Bonilla, hace dos años, el destino la alcanzó y decidió dar continuidad a la tradición en Agua Verde.
El trabajo que su padre desarrolló hasta el último día de su vida ahora es retomado por Teresa, quien combina su formación académica con la labor agrícola.
Tras sufrir su pérdida irreparable, reconoce que encuentra a su progenitor entre los árboles a los que él dedicó alrededor de 80 años de su vida y a ella la vieron crecer junto a su mamá y siete hermanos.
“(Es) estar con él, lo siento a él, o sea, es ayudar a lo que él toda su vida se dedicó y pues aquí estoy echándole ganas”, aseguró.
Razón por la cual trabaja la huerta que su padre a su vez recibió de su abuelo Serafín Santos, conocida como “Loma Colorada”, junto a la carretera estatal Rosario-Agua Verde.
Manifestó que salió de su hogar a Mazatlán para estudiar la universidad, movida por la influencia social de que así debería ser para poder salir adelante al desarrollar una carrera. No obstante, con las vueltas que da la vida, regresó para apoyar a su madre en la cosecha de ciruela de la temporada.
“Me vine para ayudar a mi mamá porque quedó sola... todos mis hermanos están fuera trabajando y dije, pues me voy a venir para acá con ella y pues aquí estamos”, explicó.
Labor que asumió de la mano y con el respaldo de Jhasua Alcaraz, con quien trabaja de sol a sol.
Con una sonrisa que de inmediato la llevó a la añoranza, recordó que siempre, desde pequeña, le decía a su papá que de las tierras que tenía le pedía que no le dejara los ciruelos, sin contar que hoy le toca estar al frente.
“Es bien chistoso porque cuando estaba más chica, pues mi papá tenía otras parcelas de mango y cosechaba maíz, y yo le decía que yo no quería los ciruelos, que no. ‘A mí déjame todo menos las ciruelos’, y pues ve dónde estoy trabajando. Entonces pues lo hago con mucho amor”.
Teresa asegura que el árbol de ciruelas es generoso pues no se tiene que regar, tan sólo mantenerlo limpio, libre de plagas para que produzca una buena cosecha.
“Lo grandioso del ciruelar es que no se riega, o sea, es un fruto fantástico que no ocupas darle ese proceso”.
Afirmó que desarrollar la actividad es pesado, ya que durante la cosecha que inicia en mayo la parcela se vuelve el hogar por espacio de dos meses al tener que cuidar la fruta.
No obstante, al juntar su primera cubeta de la fruta estando en el kinder de la mano de su papá, le ha permitido poner en práctica todos sus conocimientos que virtió en ella, como el que la ciruela no se cosecha del árbol sino del suelo y el proceso de cocido, tendido y secado para que se conserve por mucho tiempo.
Expuso que es una fruta tan bendecida que por el tipo de suelo, rico en minerales, no ocupan aplicarle sal y una vez seca toma un rico sabor.
Pero se dijo que todos sus esfuerzos están encaminados a honrar el empeño y esmero que imprimió su padre temporada tras temporada para sostener la producción y con ella a su familia.