El natural anhelo de ser felices puede volverse conflictivo cuando las cosas no suceden como queremos, al creer no merecerlas así y al exigirle demasiado.
La chispa divina
Hay una palabra que describe muy bien los sentimientos y los buenos augurios del año nuevo: el entusiasmo. En griego significa Dios dentro. Nada más y nada menos. El don de la vida no puede explicarse más que como lo que es: un regalo inmenso del Creador. Nuestros padres y ancestros solo nos transmitieron la vida, no la crearon.
Un regalo que no apreciamos del todo ni agradecemos siempre. Un milagro disfrazado de normalidad y de pequeños momentos sucesivos como éste que acontece ¿Lo saboreas? La diferencia entre estar aquí y no existir es infinita e invaluable. Inexplicable para la sola razón humana. Imperativa para los que se aman.
Llevamos dentro la chispa divina que en año nuevo brilla con las bengalas y se contagia con los abrazos, que ilumina la vida y da esperanza a esta oportunidad que se nos brinda sin merecerla, renovando los bríos de sonreírle porque “lo que no se renueva se degenera” dice Edgard Morín a sus 104 años.
Gente admirable
Hay personas que gracias a su entusiasmo no permiten que los vientos de las contrariedades apaguen su luz interna, y en las tinieblas sacan fuerzas para encender los rescoldos del carbón. No se rinden porque se saben sostenidos por una fuerza Divina. No le tienen miedo a la vida, menos a la muerte. Saben vivir.
Los ves ayudando a otros, ocupados, llevando flores a los suyos, esperando visitas que poco aparecen o encamados sufriendo con paz, agradecen cada despertar, muchos no tienen un hogar, pero no permiten que su ilusión se marchite con los años. Viven lo que les toca sin victimismo.
En su anonimato sostienen emocionalmente a muchos por la paz que llevan. Cuando la gente enciende su luz propia los demás les buscan para encender la suya, así su entusiasmo se contagia. Son influencers silenciosos que inspiran.
El auténtico liderazgo consiste en ayudar a que los otros hagan brillar su luz interna, no en opacarlos ni en impresionarlos. Fomenta la esperanza, la superación personal.
“Enojado con el mundo”
El escultor que hacía el busto de Sigmund Freud, el autor del Psicoanálisis, extrañado de verle la misma expresión rompió el silencio “¿Herr Freud, puedo preguntarle por qué posa con esa cara de enojo?” Segismundo sin vacilar le responde sin soltar su puro, “quiero que el mundo sepa que estoy enojado porque no aceptan mi teoría de la Sexualidad”.
¡Enojado con el mundo¡ vaya. Freud con su genialidad no era dueño de la verdad como nadie lo es, como si por venir de él el mundo debería aceptarla y felicitarlo. Cosa que les pasa a los príncipes, a los famosos, a los patrones y a quienes se sienten dueños de alguien.
Un binomio raro
Y aquí viene lo interesante. Hay un binomio cuya combinación produce drama o tragedia: sentirse dueños y la libertad. La propiedad es instintiva, nos sentimos dueños del cónyuge, de los hijos, de mi tiempo... de la vida, y justo por esto hacemos lo que nos da la gana y abusamos de ella.
Incluso creemos que somos dueños de nuestra libertad, pero también es un don. La debilitamos cuando abusamos de ella y resulta como los gatos: no nos hace caso. Va por donde no queremos ¡qué cosa!
Sin embargo la vida y la naturaleza tienen sus propias leyes inexorables hechas por el Creador para nuestro bien, jugar con fuego quema, pero seguimos chamuscándonos. Es tanto el énfasis en hacer lo que nos da la gana, de vivirla a nuestra manera, la ambición desmedida, darle gusto al gusto, que las desobedecemos, pero no podemos evitar las consecuencias. Nos enredamos.
Mi reino, mis reglas
Entonces, como seguimos creyendo el cuento “y seréis como dioses” inventamos un mundo: mi reino con mis reglas, a nuestra imagen y semejanza ¡Sí señor!
“Porque mi gusto es y ¿Quién me lo quitará?” y “con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley. No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey”. Un rey que se vuelve esclavo de su reino.
Somos seres de luz
Cuando el intelecto se vuelve irracional se violenta, no puede comprender, y lo incomprensible y sin sentido llega un momento en que se vuelve insoportable. Duele. Duele la forma de llevar esa vida, no la vida misma que en sí es hermosa. No confundamos esto por favor.
La lucidez surge cuando ya resulta imposible justificar lo irracional. Al dejarle de encontrarle beneficios lo absurdo se vuelve abominable, entonces lo arrojamos. Así todos los pretextos, todos los trucos, caen por falta de sustento. Y justo el dolor de esa forma de vida que aplastaba la vuelve indeseable.
Bendito ese sufrimiento, esa tristeza, ese aislamiento, esa angustia, esa depresión o esa enfermedad: nos permiten honrar y abrazar esa realidad que rechazábamos. ¡Su dolor nos hizo reaccionar! Todo esto es permitido para nuestro bien, suma a nuestra conversión.
Tocar fondo...
Es palpar la verdad que siempre ha estado ahí pero no queríamos verla. Porque lo que veíamos nos dolía, nos asustaba o nos acusaba... no la veíamos bien. Por eso la verdad nos libera, con ella la voluntad recupera sus bríos. Se enciende la luz del corazón... brota el entusiasmo.
No puede comprenderse la vida sin el amor que todo lo compone y descompone. Su magia está en su efecto inspirador y reparador. Siempre hay un roto para un descosido. “Nadie es poco ni demasiado para nadie. Somos la medida justa en el corazón de quienes nos aceptan, nos aman y nos respetan”.
Jugar con la felicidad es jugar con una navaja muy filosa. Gocemos estar vivos aprovechando en serio el tiempo, la vida es un regalo.